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JUAN DE LA FUENTE: el tiempo de todos los tiempos

 

 

 

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Por: Victor Vimos

Una rosa en el centro del universo. Y el ejercicio inacabable de desplegar, sobre su dimensión, la dimensión de su recuerdo. Pliegues de tiempo sobre tiempo, construyendo un eco que empuja a creer que en todo inicio acuna también un final. Vide Cor Tuum (Perro de Ambiente, 2017), el más reciente poemario de Juan de la Fuente, propone este paisaje como telón de fondo para desandar el “poema-río” que ha construido.

Sobre este trabajo y su forma de ver la poesía, tejimos conversa.

 

1.- Las palabras de Dante con las que abres tu libro, apuntan a esa “mirada en el corazón” que parece propia de un ejercicio interior de exploración con uno mismo. ¿Permite la poesía esa vía de crecimiento, menos apegada a la superficie y más cercana a la duda constante?

La poesía es duda constante, entendida como aquello que cuestiona el mundo, que pregunta, que intenta descorrer el velo de la realidad aparente. Creo, sin embargo, que las preguntas más difíciles se plantean sobre todo hacia adentro, al interior de uno mismo, en cuyo centro está el inconsciente colectivo, e incluso más adentro el inconsciente universal. Pero el poeta nunca sabe si ha tocado o transitado ese inconsciente universal; en la poesía no hay certezas, nunca habrá certezas: la certeza está en uno mismo, es un acto deliberado de transitar una ruta de cambio interior, una ruta violenta, estremecedora, humanísima.  Vide Cor Tuum, significa “Mira tu corazón”, y pienso y siento que mirar nuestro corazón es lo que nos une al amor, que es de donde nace el poema.

 

2.- En este trabajo manejas la metáfora, a mi modo de ver, con una clara marca de tu escritura: parecería que las imágenes están continuamente deshaciéndose, y no en el caos, sino a través de un ritmo sostenido en la contemplación. Parecería, por momentos, que uno mira a un pincel pintando y despintando el mismo lienzo. ¿Cómo aporta el ejercicio contemplativo, por ejemplo, a esta relación con la imagen en tu escritura?

Todo tiene su música, su pintura. Esto es lo que me lleva a escribir. Creo que como poeta soy pintor, cada trazo o pincelada es música, ritmo exterior que se fusiona con el interior. La contemplación vendría ser la distancia necesaria para que sea posible ver. Creo que no se puede ver desde la herida misma o desde la alegría, es decir, desde donde acontece aquello que motiva la emoción o la idea. Es imprescindible alcanzar cierta distancia para no obnubilarnos. A partir de eso, a cada paso que doy, a cada pincelada, encuentro una forma de poetizar sobre lo que estoy viviendo o ya viví.  Recuerdo que el poeta argentino Eduardo Langagne, escribió en un poema: “la poesía no se crea ni se destruye, sólo se transforma”.

 

3.- Vide Cor Tuum se trata además de un poema extenso, de gran aliento, algo distinto a, por lo menos, tus dos últimas entregas que he podido leer. Uno pensaría que el ritmo es lo básico para sostener un viaje de esta dimensión. Pero, ¿hay lugar para pensar en el tema del poema como algo necesario para una propuesta de esta naturaleza?

La poesía determina la estructura y extensión del poema. Depende del poeta estar preparado y atento para llevar a cabo este propósito. En mi opinión, el poeta ejerce la labor de mensajero, receptor, transcriptor de la magia de la poesía. Jorge Luis Borges decía que en la obra de un buen poeta solo existen dos o tres temas que se repiten. Respetando las distancias, opino lo mismo. Los temas son los mismos, pero se transforman constantemente. Como ya dije antes, considero que el gran tema es el amor y que el amor es lo que hace posible el poema. Cuando era joven, pensaba que para escribir un texto de largo aliento  no era necesaria la experiencia. Ahora sé que, por lo menos en mi caso, Vide Cor Tuum no hubiera podido ser escrito sin haber vivido todos y cada uno de los momentos que viví. Los libros anteriores me han preparado para escribir este poema-río y este poema-río me ha preparado para seguir escribiendo.

 

4.- ¿Encuentras en tu trabajo alguna relación entre las ideas, que provienen del lado más racional del hombre, y la percepción, que parece más asentada al lado menos consciente, más ligado, por ejemplo, a la escritura poética?

Lo dije al inicio, estoy convencido de que ese punto de encuentro colectivo se da en el inconciente universal. Este nos conecta entre todos y con todo lo que existe a nuestro alrededor. No creo en el tiempo lineal sino en el tiempo que es todos los tiempos: pasado, presente y futuro. A veces, me parece que el poema es un diálogo de uno mismo en dos tiempos diferentes: me imagino al poeta viejo hablándole al poeta joven que alguna vez fue. La ciencia ya nos ha colocado frente a los universos paralelos, la física quántica se acerca cada vez más a la poesía. En libros de ciencia como los de Michio Kaku, Arthurt Zajonic o Richard Tarnas, encuentro poesía en estado puro y más.

 

5.- “Para callar el árbol crece en la orilla”, un verso que parece condensar otro de los movimientos propios de este trabajo, aquel ligado al silencio. ¿Qué lugar tiene el silencio en tu tarea creativa?

Crecer en la orilla es el comienzo o el final de algo, el hecho de llegar o de partir es lo que genera un espacio de silencio en el ser y el hacer. Es como la luz, que es invisible y solo puede verse por obra y gracia de las cosas que toca. Al igual que el silencio, las palabras son parte del lenguaje; las palabras no tendrían sentido sin el silencio. El silencio, los espacios en blanco en el poema también nos hablan, tienen su música, su pintura. Lo más difícil es colocar cada palabra y cada silencio en su lugar para que conversen, para que se quieran o se enfrenten. El poema nace de un encuentro y una separación; de un grito o un silencio que en determinado momento recibimos o decidimos tomar.

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6.- He tenido la impresión de que, durante el desarrollo del poemario, más que voces claras de personajes, asisto a un horizonte de susurros que provienen de muchos lugares: susurros sin un rostro definido, una voz casi espectral que se encarga de resignificarse a lo largo del poema. ¿Hay un desafío al sujeto poético, a ese Yo monolítico, desde tu perspectiva?

Es un yo colectivo, universal. Desde el otro lado. Un yo que se habla y al hablar deja de serlo. También es una actitutud carmínica, una lírica en la que el yo dialoga con un receptor ficticio a quien le cuenta sus sentimientos, sus pensamientos, su vida maravillosa y terrible, como la belleza. Una dialéctica en la que la palabra nace, muere y vuelve a nacer.

 

7.- No dejo de sentir, además, que uno de los temas que orientan a la escritura en Vide Cor Tuum, es el amor. Un amor que se está salvando de forma constante, que parece perderse en la locura y resurgir en la calma, que es capaz de construir y eliminar lo construido para poder ver el rastro de su experiencia. ¿Hay la posibilidad de trabajar de forma novedosa con un elemento que ha estado presente en la poesía desde la noche de los tiempos?

El amor siempre ha estado, está y estará presente en la poesía: es el pasado, el presente y el futuro que no tiene tiempo. El amor se reinventa, se recrea, es la imagen de la transformación. El amor existe hoy más que nunca, porque hoy más que nunca es necesario tener y obrar con amor. Vide Cor Tuum intenta transitar muchas de las formas en las que se manifiesta el amor; esas formas que se manifiestan de manera diferente en casa ser humano y que se mueven como un vasto río a través del mundo. No hay nada más vigente que el amor. Y no precisa de marcas ni etiquetas.

 

8.- ¿Qué relación encuentras con la experiencia y la creación poética?

Al menos en mi caso, sin experiencia no hubiera escrito este poema. Hay que vivir para poder hablar con el corazón. Lo dije antes, si no hubiera vivido cada una de las cosas que he vivido, no hubiera podido escribir Vide Cor Tuum; en mi caso, la experiencia me ha preparado para plasmar este poema de largo aliento.

 

9.- Si tuviéramos que armar el árbol genealógico de Vide Cor Tuum, en tanto lecturas e influencias, ¿cuál sería el camino?

Más que en influencias pienso en ángeles, en compañeros de viaje, en los grandes poetas que acudieron en mi ayuda, cuando surgieron las terribles dudas que suelen presentarse en el proceso de escritura y sobre todo durante la corrección del poema.  En el caso de Vide Cor Tuum, pienso en el terceto de Dante, pero también en el haiku de Basho, en la poesía de Char y en los poemas surrealistas; pienso también en la música, sin la cual no es posible sentirse acompañado en el camino: los Cantos Gregorianos, la séptima sinfonía de Beethoven, el Carmina Burana. Y todo lo que he visto, leído y escuchado en mi vida. Pienso en los lugares, los cafés, las librerías, los bares, las calles, las ciudades, los países. Pienso en Eliot, en Paz, en Hinostroza, pero también en Christensen, en Moro y en el olvido creativo de todo esto, que es la manera que tengo de poder recordarlo.

 

10.- En una charla anterior mencionabas que, con el tiempo, has asumido tu condición de descendiente de japoneses y nacido en el Perú. ¿Cómo dialogan esas dos tradiciones en tu trabajo poético?

Dialogan, porque hablan el mismo idioma universal; son lo mismo; forman parte de mi ADN y allí se ordenan, pugnan, se reconcilian. Lo importante es tomar consciencia de que están dentro de mí; mientras más consciente pueda estar de esto, tendré más posibilidades de viajar en el tiempo y el espacio hacia mi origen. Justo ahora estoy trabajando una investigación sobre mi abuelo, inmigrante japonés que llegó al Perú en 1909 y al que un día de 1938 obligaron a volver a su país y a pueblo natal, Tottori, sin haber tenido posibilidad de retorno al Perú. Tengo un compromiso pendiente con Makiso Umetsu, que era como se llamaba. He comprendido que su presencia en mi vida ha sido y es fundamental; que siempre estuvo allí, a mi lado, pero que recién he podido alcanzar a verlo y escuchar sus palabras.

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Fredy Yezzed: locura y orfandad como designio

Fredy Yezzed -

 

En los poemas de Fredy Yezzed (Bogotá, 1979) puede verse la doble constante de la locura y la orfandad derramarse como una obsesión o como un designio. La prosa poética de La sal de la locura (2017) trabaja una voz y un ritmo enteramente distintos al pulso aforístico (en el que por momentos el libro confía excesivamente, en detrimento de sí mismo) de El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein (2012). Sin embargo, puede escucharse entre ambos volúmenes un mismo fondo que tensiona la escritura, una forma de intemperie que viene de dentro, de la herida que llevamos adondequiera que vayamos:

5.17     Orfandad, diosa del mal.

5.171   Mi orfandad es rotunda: estoy yo. Pero lo que me duele es él, la imagen mía, lejos de mí.

5.174   Dios, dime que estabas con ella, porque conmigo no estabas.

5.1741 Sólo cuando mueren los padres, se inicia el verdadero diálogo con la muerte.

5.175   Soy un huérfano, pero ¿de qué alma?

 

En La sal de la locura leemos:

SI HUBIESE TENIDO PADRE, le hubiese rogado que me llevase a conocer el mar. Pero, tal vez, sea él parte del mar. Pero, tal vez, haya volado en su último segundo al mar. La masa informe tiene la sal de su cuerpo.

 

Esta forma de soledad, la soledad constitutiva que nos hace huérfanos antes de la muerte de nuestros padres, la orfandad del mundo que se abre como un mar en su inmensa extrañeza, vuelve constantemente sobre sí misma en la poesía de Yezzed figurando un límite o una agonía. Pero está siempre la palabra para extender ese instante interminable: la palabra que no llega a nombrar porque la verdad es innombrable y, por eso mismo, invulnerable: “2.0272           Es tan difícil llegar a la Nada. Es tan atlánticamente imposible dejar de nombrarse.” El nombre, el lenguaje, salva al yo de perderse, pero también, al mismo tiempo, de encontrar la pacífica quietud del sinsentido.

En la poesía de Yezzed ser loco es ser, y lo que todo loco desea es ver la realización de una idea en movimiento, fuera de sí, ajena al concepto: que algo exista fuera del sentido impuesto de la lengua sobre las cosas. Los aforismos wittgensteinianos y los diarios poéticos apócrifos de un loco patagónico persiguen, por vías distintas, ese mismo fin inalcanzable, esa utopía psicótica que es un mundo sin palabras, la libertad total del connatus animal, ajeno a todo salvo al instante presente, irrepetible, en que la vida se nos entrega.

Daniela Alcívar Bellolio

 

 

 

El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein

(Fragmentos)

1

1.1       La realidad está limitada por la totalidad de la poesía. La poesía no tiene límites.

1.1       La poesía es un jardín: un jardín que habla de otros jardines.

1.11     Poesía, en una palabra, señor entrevistador, es requiem.

1.12     Pero la mejor definición de poesía es la siguiente proposición: Poesía no es ni lo uno ni lo otro; quizá tampoco lo tercero.

1.13     El lenguaje es la flor, dijo Mallarmé. Si esto es así, entonces, la poesía es la floración: encantamiento de la flor.

1.2       Under the Winter: quizá su madriguera más cálida, más productiva.

1.21     El único enemigo de la poesía es el poeta: allí, es él contra él mismo.

1.22     & ese silencio… (                ) Es el lenguaje que reclama su propia poesía.

1.3       El mundo siempre ha sido una colección de murallas, & el lenguaje no es más que una de esas inquisiciones del cielo. La poesía solo comete la osadía de saltarla.

1.31     La poesía es como el almendro: sus flores son perfumadas y sus frutos amargos.

1.32     Anudar una palabra a otra, con la esperanza de unir un hombre a otro.

1.33     La poesía que no extiende los brazos es una poesía mutilada.

1.4       Lo meta-poético son las arañas que se comen a su madre

 

2

2.031   La blasfemia, el insulto: agrietan el aire.

20232  El desdentado está más cerca de la Libertad. No le pone obstáculos a lo que viene de adentro.

2.0233 Toda la mudez inexplicable es el recuerdo: el sintagma que se ha quedado anclado a la sal del pasado.

2.027   El pensar es numérico. Los números: imaginación enjaulada.

2.0271 Todos somos contadores de sí-la-bas. El que quiera el oficio del aire: tiene que contar sílabas; debe saber más del número que del sonido.

2.0272 Es tan difícil llegar a la Nada. Es tan  atlánticamente imposible dejar de nombrarse.

2.0277 Pero aún más difícil es decir el sueño: esa llanura de carneros misteriosos.

2.0279 ¿& qué hace tanta palabra, si no es luchar por el hombre, reverdecer al hombre ?

2.02791Porque uno tiene fe en las palabras, por eso es que               creemos entendernos.

2.028   Cierro la boca: y me quedo solo.

 

3

3.2       Te veo, pero no sé decirte.

3.201   Alrededor de las hojas, a punto de quebrarse, vibraba tu voz.

3.202   Ahora que sé que estás del otro lado del sueño, temo soñar.

3.203   La libélula me visitaba con frecuencia & nunca trajo la visita.

3.2031 Soy la soledad a fondo. Soy la soledad a muerte.

3.2032 La poesía, como un arma, me defendía de mí.

3.2033 ¿Por qué lees este verso, en lugar de correr a salvarla?

3.204   No hay acción más trascendental que la del semen       diluyéndose dentro de las palabras “entiérrate”, “vive”; en lo que se entiende cuando se dice “ser”, “estar aquí”.

3.2041 Desnudé una mujer. Entré en una mujer. Revolqué en todos los rincones. Te busqué sin desear hallarte.

3.2042 “Hoy ha desaparecido fulano de tal”, sueño que lees en el              periódico, nada más como venganza, para ver si sufres lo              que sufro, apareciendo & desapareciendo.

3.205   En un momento de desesperación, le rogué que me escribiera una carta. Me han llegado 3. No he sido capaz de rasgar el primer sobre. Toda ella era un vaso de agua temblando en mi sed.

3.2051 Escribe cartas el que no desea envenenarse consigo mismo.

3.207   ¿Cuántas mujeres caben en un hombre?

3.2071 ¡No digas tonterías!

 

  4

4.0153 desnudo es la palabra más triste.

4.0155 Cuando no estoy buscándote, no danzo, no soy.

4.0157 Cierro los ojos & allí estás abriéndome los ojos.

4.016   Mi país camina atravesando el desierto: sin guía, con un pan mojado de sangre, sin tu Palabra.

4.0161 Señor, te diré la verdad: te hemos creado a nuestra imagen y semejanza, [no a la tuya], como a la radio, la guerra y la escritura.

4.017   Señor, sal de mí, invade mi oscuridad.

4.018   Si hay una proposición que exprese con precisión lo que pienso, es esta: Bueno es lo que Dios ordena.

4.019   Ha llegado Dios en el tren de las 5:15.

 

5

5.17     Orfandad, diosa del mal.

5.171   Mi orfandad es rotunda: estoy yo. Pero lo que me duele es él, la imagen mía, lejos de mí.

5.174   Dios, dime que estabas con ella, porque conmigo no estabas.

5.1741 Sólo cuando mueren los padres, se inicia el verdadero diálogo con la muerte.

5.175   Soy un huérfano, pero ¿de qué alma?

5.1751 La limitada noche del hambre, no encuentro otras palabras para nombrarte.

5.176   Vengo de morir. Vengo de nacer. El punto medio es una criatura sentada en el quicio de su puerta con un perro.

5.177   & te recuerdo, madre, como cuando la única luz era tu sombra.

5.1771 El cordón umbilical también es una cadena.

5.1772 ¿Si diseccionamos la palabra vientre encontraremos siempre la palabra centro?

5.1798 La orfandad es una noche indescifrable, donde un hombre enciende un fósforo.

 

6

6.5       Sólo vine a ver el jardín, leo en el famoso libro del diácono Charles Lutwidge Dodgson.

6.51     Los ancianos de Noruega sólo tienen dos sueños: desayunar en la cama con la muerte & no dejar morir las flores.

6.512   Las flores de Alexander no saben de las estaciones, no han leído literatura de invierno & les parece de mal gusto la poesía que habla de rosas. Las flores de Alexander sólo saben de la pobreza, del milagro de vivir, de los ojos del gato sobre la mariposa.

6.513   El cisne negro de cola blanca, que hace equilibrio con una pata, está perturbado: no sabe si es cisne o flor, las miradas de la gente lo tienen confundido.

6.514   Le susurro al cactus que no esté lejos, que no le rasgue los vestidos al viento, que por dentro un largo manantial le corre.

6.515   La sombra de un vikingo muerto hace mil años. El musgo abrazado a la roca.

6.516   Viéndolo de escorzo: el seco árbol de cedro parece un desesperado brazo con sus dedos en actitud suplicante. Tal vez desea la frente de la estudiante, tal vez ruega la mirada del cielo.

6.517   Lo que el dibujante de flores no sabe, es que la azucena blanca también lo está retratando.

 

7

7          De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca.

 

 

(Ediciones Del Dock, Buenos Aires, 2012)

 

 

 

La sal de la locura

PRÓLOGO O PALABRAS DESDE LA CORDURA

El 11 de mayo del 2005 ingresé a Urgencias del Hospital Neuropsiquiátrico J. T. Borda de Buenos Aires. El primer dictamen fue que sufría de una alteración nerviosa y un grado alto de delirio con fuerte propensión a la violencia. Echaba saliva por la boca, gritaba obscenidades y me golpeaba contra las paredes.

Bastará decir que pasé irrecuperables años en ese lugar, saltando de psiquiatra en psiquiatra, con fuertes medicaciones que me mantenían dopado todo el día y hasta periodos de total ensimismamiento amarrado a una camilla o arrojado en un rincón con una camisa de fuerza.

Si hay algo difícil en la locura es salir ileso de ella. En marzo del año antepasado ingresó una psicóloga a hacer sus prácticas, la Dra. Dalzotto. Ella fue la primera que me sugirió escribir los “monólogos blancos”, como yo solía llamar a esas voces en mi mente. Me rehusé de forma tajante. Pasaron meses de terapia con ella, hasta que una vez me mostró un conjunto de hojas impresas tituladas “La sal de la locura”. Las miré con temor. Me confesó que me había grabado durante nuestras cortas sesiones y que en sus horas de descanso transcribió lo que le parecía más coherente. Mi primera reacción fue de ira y decepción. Luego abandoné la terapia por petición personal.

Pasaron varias estaciones hasta que una mañana, en mi habitación, indescriptiblemente, me vi, me sentí, me recordé. Leí una y otra vez los textos. Avergonzado, solicité de nuevo la cooperación de la Sta. Dalzotto, quien asistía a un taller de escritura con un reconocido poeta. Fue a ella a quien dicté la segunda parte de este libro: de memoria, sin vacilar en una palabra, en un sentimiento. Seiscientos ochenta y cinco poemas —creo que los puedo llamar así— escribimos en casi dos años. La selección de los textos que han sido suprimidos corrió por cuenta del poeta, a quien la Dra. Dalzotto pidió ayuda. Gracias al entusiasmo de él es que la Dra. Dalzotto ha impreso y enviado este legajo de poemas al Premio Macedonio Fernández.

Diré, finalmente, que si algo me ha ayudado a sobrevivir ha sido el acto humano y desesperado de salvarme; no la poesía, aunque el deseo de poner en orden los días y las cosas sea un acto poético.

Ahora, gracias al Servicio Social del hospital trabajo como mecánico de barcos, vivo en la Provincia de Tierra del Fuego y miro el mar tratando de escribir el sueño de un hombre normal.

Dedico a la Dra. Dalzotto este libro, que si tiene valor estético es por la ayuda de su mano, que si tiene valor espiritual es por la sal que extirpó de mi locura.

 

Ariel Müller

Agosto de 2010, Ushuaia, Argentina

 

 

HAY UN TERRIBLE ABISMO ENTRE PALABRA Y PALABRA, cuyo fondo es lo que no puedo nombrar. Ellas mienten como las sirvientas que ocultan el vaso quebrado del día. Ellas ocultan por ese miedo a desnudarse, a mostrarse en público con el rostro que no tienen. Las palabras trafican con el desencanto, me alejan del jardín exacto, de lo que aún no ha naufragado. Las palabras me vendan los ojos, me tientan a caminar en la oscuridad, me empujan por las escaleras. Creemos en ellas porque sólo entendemos el pequeño ensueño que arrojan de sus puños. Caen como un polvo en la noche. Suenan como un cuerpo desnudo contra el piso. La impotencia de inventar una palabra que me nombre. La felicidad está en lo que nunca dirán. Las palabras: sogas hechas a la medida de nadie, cordones que no alcanzan a atar, agua que no sacia. Ni la tortura ni la espera paciente ni el caso omiso las conmueve. Quisiera saber toda la sangre que corre por la palabra alma. Quisiera, por un instante, asomar la punta de la nariz al jardín de la palabra noche. Quisiera por un milagro y, entonces, decir de este dolor la verdad.

 

 

VOY POR EL MUNDO CON UN AGUJERO DE BALA en el pecho. El aire me atraviesa de frío. Los niños juegan a asomarse de un lado y otro. Por allí, la única mujer se me fugó y la única orquídea que sembré no quiso echar raíces.

Voy con esa música de violín perforada. Con ese delirio de insomnio.

Voy caminado por las calles con un agujero de bala en el pecho. Represento muy bien mi papel de muerto. La gente no se asombra de verme malherido y distante. Los hombres meten su dedo índice comprobando que no es un engaño. Creen meter el dedo en un sueño. Y la pérdida es que despierto y la herida sigue sangrando.

Es un sueño que me sostiene de los hilos del mundo.

Es un agujero de bala donde me cabe todo el mundo.

 

 

ES CLARO QUE DIOS SE ESCAPÓ DE MI CRÁNEO. Que se fue dejando una estela de sangre. Una gotita que un gorrión pisa y esparce sobre el piso blanco.

Escuchaba yo una llanura de carneros, los oía arrancar con sus quijadas las raíces. Ese ruido cuando arrancamos la hierba, ese mismo ruidito cuando arrancamos una rosa como un cabello.

Tal vez quise decir que escuchaba voces. Un susurro inesperado al cruzar la calle. Volteo y miro alrededor y no hay nadie, pero alguien que no está me mira desde la esquina. Solo. Inquietante.

 

Fue el viento, me digo.

Fue sólo el viento, me repito.

 

 

SIEMPRE QUE ESTOY SOLO SE ME OCURRE UN PERSONAJE. Es la misma escena desde hace unos meses. En realidad no sé si la he leído en alguna parte o la he imaginado. Hasta ahora no entiendo por qué no cambian los detalles. Se me ocurre que hay un hombre viejo encerrado en un cuarto. A través de una puerta pequeña le pasan los platos con comida. Los traga moderadamente. Masca un muslo de pollo y le parecen bellos los cantos de los gorriones. Luego pasa a través de la misma puerta el plato desocupado.

El mismo anciano con su cabello blanco en desorden se sienta frente a un piano. Oprime las teclas como si de verdad supiese interpretar el instrumento. Cierra los ojos como despojado por la música. Ladea la cabeza de un lado a otro como si viajara en la balsa de las notas. Pero ocurre que dentro del piano las cuerdas están cortadas con tijeras. Del piano no sale ningún sonido. Es en ese instante que el hombre se voltea, me mira por primera vez y me dice: “¿Escucha el silencio?”

Es complejo, muy raro, porque yo escucho la más bella sinfonía.

 

 

DEBE RETORNAR SIEMPRE LA LUZ DE MAYO? ¿Ese cielo metálico que en las horas de la tarde te confunde con la paz? Es extraño: estoy solo, olvidado y hecho mierda; y, aún así, siento ese gusano de la felicidad comiéndome la carne del rostro.

Frente a la ventana. Frente al parque. Frente a la luz.

 

 

SI HUBIESE TENIDO PADRE, le hubiese rogado que me llevase a conocer el mar. Pero, tal vez, sea él parte del mar. Pero, tal vez, haya volado en su último segundo al mar. La masa informe tiene la sal de su cuerpo. El mar abrió su boca larga para tragarlo y guardarlo en sus tripas. Esa ola infinita debe extender sus cabellos en otra memoria; sus ojos deben ver otras músicas. Mi madre me contó la historia con una voz delgada. Habló de unos vuelos siniestros. Soy un hijo más del desaparecido.

No tengo nada más qué decirle, doctora.

Creo que usted pierde el tiempo conmigo.

 

 

POR ACCIDENTE HE PASADO HOY la palma de mi mano por la cabeza. La he palpado minuciosamente ahogado en un silencio perplejo. Me he dado cuenta de que estaba rapado por completo. He deslizado con suavidad mi mano por la frente, la nariz, la quijada. Me mojaron la angustia y los nervios como la ola contra un acantilado: había olvidado cómo era mi rostro.

Caminé de un lugar a otro con desesperación. Me busqué en el reflejo de una ventana sucia, en el revés de una cuchara, en el brillo del marco de una puerta metálica. Pero no me pude ver. Indescriptiblemente me carcomió la tristeza. Lloré acurrucado en un rincón. No comprendí por qué no hay espejos en este lugar.

Digo palabras falsas con la cabeza clavada en mi pecho y mis dedos entrelazados en la nuca: adentro soy yo y mi propia imagen. Adentro está mi espejo. Pero mi espejo no tiene reflejo. Soy un hombre sin rostro.

 

 

HAY UN HOMBRE EN EL JARDÍN al que he llamado El perplejo de las lilas. Desde la madrugada se arrastra con su bata blanca como una rata enferma. Camina por las orillas de las paredes con un afán asustadizo. Cuando lo interrumpen en su camino se exalta, se lleva las manos a la cabeza y gruñe de una forma maligna. Baja las escaleras apoyado como un niño parapléjico. Desde muy cerca se puede apreciar una insólita mueca de malestar que se va tornando, poco a poco, mientras se acerca a las lilas, en una risita mongólica.

Frente a las lilas lo invade la infección de la felicidad. Brinca y levanta los brazos de una manera grotesca. Luego cae extenuado como la tristeza del plomo. Acerca su nariz a cada uno de los racimos de lilas. Las aspira como llenando sus pulmones con milagros. Entonces la luz las roza con su lengua y, una a una, las lilas van abriendo sus párpados. En sus alucinaciones o en las mías vemos una especie de insecto que quiso ser hada abrirse o aletear. El hombre es sacudido a ramalazos una y otra vez por la belleza. Por el movimiento insólito de la tierra. Por las pruebas de existencia que Dios nos revela ante nuestro asombro.

Nadie sabe cómo se llama aquel hombre. Yo lo miro desde lejos y me digo: El perplejo de las lilas.

 

 

NUNCA ME HE IDO DEL SUR. De sus acontecimientos invisibles. Siempre he sido una migración al fondo de sí mismo. No moverme ha sido una travesía constante. Y morir muchas veces, seguidamente, ha sido una tarea simple.

Las muletas las llevo puestas por dentro. Las maletas siempre estuvieron descosidas. El salto más alto fue el de la ebriedad del tiempo. Y el sueño más importante no ser despedido de donde siempre.

Un trompo que gira al revés. Un destornillador obsoleto. Una veleta que señala el cielo.

Me quedo anclado en esto de ver la luz de los pájaros.

Así es este malestar del Sur.

 

 

HA NEVADO SOBRE LA CIUDAD REPENTINAMENTE. Los coágulos de nieve se han colado por las tejas rotas y han calado en el corazón de cada interno. Todos han salido con una calma ancestral a ver esa magia de la luz petrificada. En sus rostros se trazó una sonrisa que recordó la comida fresca, el agua limpia, el aire puro. Como tocados por una voz celestial iban saliendo de sus habitaciones arrastrando la suela de los zapatos. Pronto atestaron los pasillos como detrás de un perfume e invadieron el patio mirando al cielo con la boca abierta. Extendían los brazos como dejando posar libélulas blancas en sus huesos. Jugaban a atrapar el algodón con la boca. Todo lo malo, si lo hubo, allí murió. Un copo se enredaba en el cabello de los ancianos, otro se deslizaba por el pecho de las mujeres, uno más huía como un ratoncillo entre los pies. Esa caricia suave. Esa herida tierna. Esa música que es más bella que el silencio.

Un regalo hermosísimo.

Dios al fin habla y dice.

 

 

¿TE HA PASADO ALGUNA VEZ QUE ESTÁS SOLO en alguna banca del parque y de repente ves sobre la palma de tu mano una hormiga que camina? Deprisa, de un lado para otro, entre las estrías, oculta en el cuenco. La observas como diciéndole: “Por allí no, tonta”. El animal se detiene en la mitad del mapa, mueve sus antenitas y prueba el sabor de la sal de tus dedos. Pero resulta también que de sus diminutas cosquillas sale una música que te taladra por allá adentro el hombre insignificante que eres. Canción de psicosis. Una tecla de máquina larga y monótona, siempre la misma, y de fondo el millar de patas de la hormiga tocando ese nervio como una aguja. “Perdida, estás perdida”, le susurras, y le soplas indicándole el camino. Pero ella insiste en acompañarte, en su grandísima existencia te habla del cascabel de las hojas, de la larga travesía al fruto de un álamo; de aquella vez en la que casi muere ahogada en una gota de agua. Se mueve de un lado a otro en el laberinto de tu mano, sutilmente te enseña los recuerdos que se te han dibujado sobre ella. Entonces le confiesas que esa arruga profunda te la inventó una mujer en la que confiaste, que el millar de avenidas que se cruzan desde tus uñas a las falanges son esta ciudad de cosas invisibles, que aquella cicatriz es el recuerdo de las estaciones. La hormiga traza en su hilo invisible el rostro de alguien conocido, de alguien al que crees recordar pero no recuerdas; tienes su nombre en la punta de la lengua y aún así es difuso. Nunca te enteras de que era tu rostro. Pasa imperceptible todo, sólo queda grabado en el agua clara de tus pensamientos esa mañana fría. Te llevas eso y mucho más a los túneles. Vas por los pasillos. A la hormiga le has dado una segunda oportunidad sobre la corteza de un tronco. En el fondo también deseas una segunda oportunidad.

¿Te ha pasado alguna vez que para enfrentar este vacío comienzas a hablar con una hormiga en la mitad de la nada?

 

 

¿QUIÉN ASEGURA QUE LA LOCURA NO ES UN INTENTO más de salir de la casa hundida? ¿Algo que está entre el hombre y el ser humano? Una ventana dentro de nuestra ventana. Algo que huye de nuestra costumbre de llamar el fuego, de humillar un árbol, de defecar sobre un ramo de niños.

¿Quién asegura que la locura no es ese deseo de vivir en un campo de girasoles, de abonar las plantas, de sentir correr agua limpia dentro del jarrón del alma? Quién negaría que la locura no es esa catástrofe tectónica del rozarse de dos células como dos rosas a las cuales les lleva tiempo acostumbrarse al olor del otoño, que deben dar el atlántico salto de una millonésima de milímetro más, que tienen en su sangre toda la responsabilidad de salvarnos. Y aún más: que no desean salvarse si no nos salvamos todos.

¿Acaso no se han dado cuenta? Los dioses no existen, pero estamos juntos. Somos dios, la noche, la esperanza.

 

 

 

 

Fredy Yezzed. Bogotá, Colombia, 1979. Escritor, poeta, activista de Derechos Humanos y docente universitario. Después de un viaje de seis meses por Suramérica en 2008, se radicó en Buenos Aires, donde estudia el género del poema en prosa argentino. Tiene publicado los libros de poesía: “La sal de la locura”, (Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández, Buenos Aires, 2010) y “El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein” (Ediciones Del Dock, Buenos Aires, 2012). Como investigador literario escribió los estudios “Párrafos de aire: Primera antología del poema en prosa colombiano” (Editorial de la Universidad de Antioquia, Medellín, 2010) y “La risa del ahorcado: antología poética de Henry Luque Muñoz” (Editorial Universidad Javeriana, Bogotá, 2015). Por su tercer libro, “Carta de las mujeres de este país”, recibió la Mención de Poesía en el Premio Literario Casa de las Américas 2017.

INTI GARCÍA SANTAMARÍA: FRAGILIDAD APARENTE

3

Somos fragmentos, imágenes vistas desde un fósforo  que se enciende y apaga, la memoria. Las palabras se disfrazan de otras y no dicen lo que deben decir,  se corrigen y  deconstruyen como si se tratara de andar sobre puentes que se caen apenas los cruzamos. El decir se pierde en hilos de recuerdos que tejen una historia añorada, desliz de tiempo detenido que se escurre cuando lo evocamos. Lo perdido e imposible, lo inconcluso y tembloroso de sentido, como si el poema estuviera reflejándose en una fuente y  desaparece apenas lo palpamos es la experiencia primera que nos transmite esta breve selección de textos  de Inti García. Existe en esta fragilidad aparente, en esta suerte de levar anclas al sentido, una propuesta de que la poesía es siempre otra cosa no dicha, una anguila acariciada casi en el aire, un recuerdo al que rescatamos en un parpadeo o la evocación del otro desde la pérdida o desde las señales amorosas  del viaje, la fundición del ser con el paisaje  o la vigilante “virgen foco”, amenaza de claridad ante la duda que se enciende.  En el ritmo,  suena ternura, intimismo de  caminante melancólico que nos dice sin decir.

Virginia Benavides

 

 

Donde dice cendal

debe decir clasismo.

 

Dice veste

donde debe decir castas.

 

Donde crústula dice

debe decir agrícola.

 

Exúbero dice

donde esclavo debe decir.

 

Donde dice lábaro

debe decir larva.

 

Dice querubes

donde debe decir corona.

 

Donde sordina dice

debe decir desprecio.

 

Deliquio dice

donde élite debe decir.

 

Donde dice núbil

debe decir nulo.

 

Dice fanal

donde debe decir fantasma.

 

Donde exangüe dice

debe decir extinto.

 

Adamantino dice

donde mentira debe decir.

 

Donde dice piélago

debe decir pérdida.

 

Dice canoro

donde debe decir carnada.

 

Donde clepsidra dice

debe decir clausura.

 

Áureo dice

donde ira debe decir.

 

Donde dice do

debe decir donde.

 

 

Nunca repitas

—porque es verdad:

ni la medusa turritopsis

es inmune al tiempo—

las cosas que dijimos

en estado de gracia.

 

No representes

ni gestos ni oraciones

de lo que vino vivo:

la carpa koi

tampoco es eterna.

 

Y sin embargo

—tú sabes—

nos sobrevivirán:

las carpas, las medusas,

nos sobrevivirán.

 

 

Taller de encuadernación japonesa

¿Alguna vez encuadernaste conmigo un álbum de insectos a las tres de la mañana? Hoy dibujo escarabajos en láminas de papel arroz. La memoria es un potro enfermo que marcha forzado hacia la casa colonial donde trabajábamos con agujas. ¿Quién de los dos gustaba de sentarse en el patio y personalizar el estudio del color a través de los hilos? Si las tapas de nuestro álbum fueran anaranjadas, elegirías textiles blancos para anudar lo que nunca podrá ser atado. Es un álbum de osamentas

y el óxido del cobre no ha cambiado tu rostro.

 

 

Sesiones Quiñihual (Track 10)

Enciende un fósforo sobre dudas inflamables y me reta. Otra vez me está retando la Virgen Foco. Me desprende de sus brazos e ilumina el camino de tierra donde armo ramilletes de cardos secos. Detrás de las cercas del corral, me vigila la Virgen Foco. Como una lechuza entre banderas rojas se esfumará cuando suene la alarma. Ella musita una plegaria en su pecho,

pero desaparece sobre la ruta.

 

 

Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida

Ella pensará que mi genoma deletrea sin matices la palabra traición. Entre fiestas de espuma perdí la capacidad de leer el futuro en cada espejo de las bolas disco. Mira qué lejos se ve desde aquí el esplendor blanco del polen que se eleva sobre la pista. Mira qué remota suena la respiración del invierno en que aprendimos a congelar bengalas mientras nuestros ojos perdían el control.

Mientras yo te perdía.

 

 

Espantapájaros

Fui besado por una campesina y mi cerebro se convirtió en una ciruela amarga. Para que devoraran mis brazos ella dibujó un árbol genealógico de mantis religiosas sobre mi piel. Bajo cirros de cobre la tarde es un amanecer de brasas que se apagan. Pregúntame sobre el estado del tiempo y te responderé que vivo dentro de un planetario de tonos verde pastel. En medio del camino había…

una mulita muerta.

 

 

Las estrellas brillaban hasta abajo

Este poema

es una alpaca bebé.

 

Te debo,

porque lo jugamos a la suerte,

una cantidad más

y más

y más grande

de poemas

y más.

 

Le estoy apostando a viajar contigo.

Le estoy apostando a dibujar para ti.

 

¿Ya? Sobre la carretera

un retén policial nos demoró

más de una hora

y después de unos kilómetros

las vendedoras de manguitos

nos regalaron

una imagen que nos hace reír hasta la fecha.

 

Ni tú ni yo

(ni tú) (ni yo)

revelaremos

el nombre de la ciudad sagrada

donde dibujaste

espirales rojas en mis manos.

 

El nombre de la ciudad sagrada

donde recostados sobre la hierba

observamos por horas

(y horas) el ir

y venir de (decenas

  1. de) decenas de turistas japoneses,

alemanes,

etcétera, por la plaza principal.

 

Mi voz no quiere ser un feto de llama.

 

¿Ya? Sobre la carretera

sobre los caminos

(todos)

la carretera cruza

la cordillera

nevada, la selva, la costa,

el desierto.

 

La carretera cruza

la arena donde un calendario astral

se extiende por kilómetros

en figuras gigantes

donde brillan porque no brillan la ballena,

el mono, el cóndor, el colibrí,

la iguana, donde brillan porque no brillan,

la araña.

 

La carretera

cruza el geoglifo gigante de la iguana

y es la carretera un geoglifo gigante

cruzando todo nuestro continente.

 

Y de los demás caminos

yo recuerdo

tus venas,

que forman figuras pequeñas en tus ojos.

 

La espiral de piedra del desierto

repite una espiral de sangre en tus ojos.

 

Yo recuerdo tus ojos

y nuestra galaxia destella

si recuerdo la espiral de plata

de tus aretes.

 

Me gusta

comer del mismo plato

contigo

como

cuando la sopa

de zapallo, la trucha frita

 

o como cuando comimos lomo

en un puesto ambulante

afuera de la estación del tren.

 

Mi boleto de tren,

tres o cuatro veces

más caro que tu boleto de tren

porque en tu país soy extranjero.

 

Tú eres mi único país.

 

Y en el lago

(navegable)

más alto del mundo

tú me tejiste una pulsera de totora,

 

la misma planta con la que

se construyen

embarcaciones desde

hace siglos

 

y navegamos nosotros

en un barquito con cabeza de puma

 

de totora

 

y tú misma

amarraste la pulsera

a mi mano derecha con tus dos manos…

 

Sobre el esqueleto de un poema de Penna

Tú que protagonizaste

esos treinta segundos

—caminabas con dos maletas lilas

hacia una fila de taxis del aeropuerto—

eras la pieza que equilibra la torre.

 

En este jenga

donde diferentes colores han desaparecido

permanecen intactos

los hilos de las costuras

—esos treinta segundos—

de tus maletas lilas.

 

 

La playa

Todas las estrellas

son estrellas

fugaces.

 

Estas arañas veloces

son cangrejos malaquitas.

 

¿Reconoces a Cáncer en el cielo?

Todos los mapas cambian.

 

Los brillos de sal

sobre nuestros cuerpos oscuros

son estrellas

fugaces.

 

 

diecinueve años

trilce, XI,

versos

uno y dos

 

no tengo más en la cabeza

 

 

 

HÉCTOR MONSALVE: VIAJES DE REGRESO

2

 

 

“Todos mis viajes son de regreso”, escribió cierta vez el poeta antioqueño León de Greiff. A este propósito personal se suma los poemas biográficos de Héctor Monsalve, pues el hilo de la vida teje cada verso suyo que, a modo de corta estación, traza el camino de una existencia inquieta, si bien su voz indaga por el origen y pregunta acerca del sentido que toma el nombre propio y, con éste, el lenguaje mismo y el mundo todo.

 

Llamarnos o escuchar nuestro nombre da inicio a una experiencia con el lenguaje muy singular, lo cual hace de la poesía un viaje de conocimiento, al modo en que la escritura traza un rumbo por descubrir, en cuyo intento de procurar sentido, hace suya la intención de una poética de la vida cotidiana que parte de recordar y describir lo vivido.

 

Llama mi atención la forma en que el Héctor Monsalve toma del tiempo el gesto menor, el menos trascendente, para mostrar una lección aprendida. Esto ocurre cuando concentra la mirada y nos entrega una visión que recrea la vuelta atrás de los pasos, allí donde la voz del hombre mira al niño y se sabe uno y distinto. Esa lección es grata de encontrar en la joven poesía chilena que nuestro autor representa.

 

Felipe García Quintero

YO NO SOY HÉCTOR

 

Dejé de serlo un día

en que me vi caminando hacia la luz,

en una calle perdida de Ciudad de Panamá.

 

Un árbol se incendiaba en esa esquina

y era bello el instante.

Sentí calor.

 

Quemaba la noche

y como único gesto ante el peligro

cerré los ojos, dije mi nombre.

Son las cinco de la mañana

y esa luz es un sueño repetido.

 

Pienso en partir,

en dejar de hacer algunas cosas,

en regresar.

 

 

VOLVER A LO MISMO

alguien regando en la casa de la esquina

y una foto sobre el velador.

 

Porque no se vuelve al centro,

se regresa apenas a un borde,

a una mueca.

Sin la inocencia del inicio.

 

Se regresa a un lugar vacío,

a un laberinto: yo y el otro sin nombre,

siempre en el cuarto de la infancia.

 

Volver a mí,

reconociéndome.

 

Como quien mira a su padre

cruzar la calle, desde lejos.

 

Aquí, en México D.F.,

mientras Héctor nada en la piscina

lo contemplo.

 

 

SOLO,

como un niño que se abandona

a caminar a oscuras por la casa.

 

Quieto ante el miedo:

Presiento al que vendrá.

 

Con los ojos cerrados

(me miro en el espejo)

recorro los pasillos.

 

Presiento al que vendrá

y avanzo hacia él

para encontrarlo.

 

 

Un niño muerto juega en mi.

 

Su juego es preguntarme:

¿No tenemos padre?

¿Todos somos huérfanos?

 

No, le respondo.

– Sé que miento –

Yo soy tu padre bueno.

 

 

YO SOY MI PADRE

 

Me veo nacer y me recibo.

 

Asustado,

me tomo en brazos conteniéndome.

 

Temo

por todo lo que haré

y que repaso

como un hombre a punto de morir.

 

 

Ahora sé quien soy

y no lo sé.

 

Todo está en dolor

y el aire, el agua, el árbol es dolor.

 

Todo está en verdad

y quieto y falso.

 

¿Por qué me asombro

de tanto perdurar?

 

 

Yo y sólo yo cerca del bosque.

 

Así,

en otra cosa,

sereno.

 

Miro el sol entre los árboles.

 

Yo

y sólo yo

de pie.

 

 

Termino de nacer.

 

Me repito y me escondo.

Como algo que comprende que es eterno,

me repito.

 


MI ABUELO SE LLAMÓ HÉCTOR

Mi padre se llama Héctor.

 

¿Cuánto dura ese nombre?

¿Está en él la furia de la vida?

¿Cuántas miradas hacia el cielo en la mañana?

 

En la mañana,

las sombras se retiran

y se ve el verde del camino,

el amarillo de los cerros.

 

Entonces,

yo voy hacia el gran río que brilla.

Como una hoja que se desprende

y se olvida del árbol,

yo voy hacia ese río.

 

No escribo en el agua en movimiento.

Cabe mi canto en el gran canto.

 

Yo soy Héctor.

Aprendí a caminar sobre las aguas.

 

CARLOS LUIS ORTIZ: ritmo e idea

1

En cada una de sus interpretaciones del fenómeno poético, Octavio Paz -la referencia es inevitable- dotó al ritmo de un rol central. La precisión, en todo caso, puede resultar redundante para cualquier persona que escribe poesía: una cadencia, un latido antecede siempre la primera letra escrita. Hay escritores que se entregan a ella sin resistencia y hay los que intentan doblegarla. Carlos Luis Ortiz es del grupo de los primeros, no por nada sus referencias provenientes del cool jazz.

En ese sentido, si algo se debe resaltar de los poemas de Fuego de San Telmo de Carlos Luis es la elocuencia de su respiración: traspasa a todos ellos un ritmo inconfundible. A ese ritmo además se suma, a momentos, su inquietud por asir las ideas. Por ejemplo, en “La poesía está en su lugar” parece decir eso mismo, que la poesía está en su lugar, casi sin ser percibida ni nombrada, que “lo anónimo es más puro y tiene pelaje para el frío” y que esa anonimidad es rabiosamente contundente, porque “la contundencia tiene ira” y “la ira es veraz y a veces abstracta”.

Pero si la tensión entre ritmo e idea se emplaza en la base de la escritura poética misma, me parece que es en la imagen donde Carlos Luis a veces encuentra su mayor obstáculo. Sus versos, compuestos a menudo por varias cláusulas, tienden a intrincar las imágenes, que se suceden una tras otra obedeciendo al impulso rítmico de la escritura. A veces el obscurecimiento de ciertos sentidos favorece al ritmo del poema, otras, lo hace aterrizar en imágenes fragmentadas y vacías. Tal vez ese sea el riesgo que corre todo aeronauta fanático de Chet Baker.

Giovanni Bello

LUCIANA CON LUZ Y SOCIEDADES DE FONDO

Los escenarios que iluminan el torso desnudo del jinete de mar

son la limpieza que purifica el sueño del padre

quién ahora mira como los fantasmas del presente se evaporan

como las  antiguas cárceles de barrotes cincelados con sabia humana cambian  de colores.

Están dispuestos nuevamente los espacios abiertos

la luz que triza la cabeza de pintores muertos a los que reza su melancolía.

Modigliani, Klimt, Utrillo,

Modigliani  / Modigliani

unísonos en la neblina del ayer inquebrantable.

Luciana conversa en un lenguaje arcano con niños que hacen su casa de salmuera

su hospedaje es caliente donde todos hablan bajo porque afuera la vida los despierta.

Se muy poco de su idioma, pero es emergente en mi medio día

el cristal mezclado con viento

el rojo y el negro de sus diálogos

sus amigos lejanos e inteligentes.

Luciana traerá en sus manos el agosto de los enigmas

me contará como estiraba el pincel Amedeo

como enloquecía Maurice Utrillo

como era Paris cuando todos los cuellos de las mujeres crecían

porque él vendrá de una patria donde ya todo ha sucedido

o quizás quiera compartirme el preciso instante en que despega la estrella de la mañana

la estrella de los alquimistas

el ocaso de las basílicas y todos los secretos de sus puntas.

El jinete de mar aspira desde muy adentro las antiguas crónicas de indias

y los romances andaluces

el cante jondo

la saeta, el cantar

tiene la estirpe de los calés, de los navajos

y un collar de espinas para la defensa.

Un escenario de amarillo antiguo tiene su piel para el padre,

los girasoles de Rusia

la abundancia del agua en los tiempos de secesión

el saxo de Bubulina

“Para hacer esta armonía es preciso un nuevo ser,

capaz de nacer mil veces y crecer”.

Luciana se ha perdido entre los tambores de Calanda

pero me llega su sonido 3.000, 4.000, 30.000 tambores para su fiesta en la espera

que nadie sabe de la altura de su travesía ahora

ni la posición de su brújula

Modigliani, Utrillo, Klimt, Shagall

tanto color ahora

y tanta cabeza desflorada

Luciana 2.000, 3.000 nudos de velocidad ahora

espero a que toques mi puerta de corazón transparentado.

Y que brotes en mi silencio como una hija de tres mil años.

“¿Dónde puedo encontrar un hombre que haya olvidado las palabras?”

Chuang Tzu

 

 

LA POESÍA ESTÁ EN SU LUGAR

Yo no soy un objeto,

nadie es un objeto

el universo es vertebrado y tiene alma sideral

no hay quien haya escuchado canciones de Chet Baker y no haya llorado alguna vez

ni limpiado sus lágrimas viendo la imagen de un santo

somos normales

seres normales

lo anormal es la manera en que vemos la vida

lo anormal es llamarle “parca” a la muerte

la enfermedad está en la luz después del primer vaso y en todos los que en él entran

llámese familia, novias, mujeres andantes o riberas lejanas

no hay sepulcro sin polvo que el día no haya ingerido para botarlo en nombre de la ausencia

yo no soy un objeto

nadie es un objeto

el corcovado baile de un pájaro en el filo de mi terraza no es un objeto

ni la cancha de ecuabolley que han construido en vez de penthouse frente a mi casa es un objeto

porque tiene jugadores ausentes y  les di nombre

les puse apellidos  los condené…

y está adornada de palomas sucias que tampoco son objetos

ni el grupo al que asisto cuando siento que agonizo es un objeto

porque lo anónimo es más puro y tiene pelaje para el frío

como el osezno que grita, grita adentro a un fondo perenne y voraz.

Porque no he sido objeto de la burla ni del enganche

porque no, porque no hay objeto, todo se define con alma

al menos así dicen los corifeos de la noche que me visitan en triciclos y con parches

al menos así gritan desde las iglesias antes cines de la “ciudad/puerto”

al menos así acaricia un poeta a los gatos del parque

y piensa en las postales de su amigo que ya no visita el viejo café

porque no, porque no somos objetos

porque la contundencia tiene ira, la ira es veraz y a veces abstracta

como lo que siento cuando escribo como la mujer que me ama

que a veces salta, muerde, grita y  yo creo que es un juego

porque no, porque ya deben haber renacido los niños en las altas horas o

los afiches del viejo oeste para crecer dentro de ellos

porque al fin la poesía está en su lugar.

y no quiere líneas ni manchones ni tachaditos ni bombitas ni conejitos en vez de puntos

porque ya se cansó de que la hagan triangulitos

que le pongan epítetos y la hagan naufragios

porque no, porque no es un objeto porque tiene

abc

def

ghi

jkl

mno

pqr

stu

vwxyz

y ninguna de estas pequeñas haces de luz o de sombra son objetos

porque están en ellas la labranza y el hastío

porque el cloral ha resucitado

porque todo debe tener sentido

como las tardes de siesta

como el incienso en la casa nueva

porque no soy un objeto

al menos no hoy,

ni mientras pienso en quien soy.

porque he hecho un informe detallado de los últimos sucesos

de las últimas diligencias

y solo tiene lugar lo que se sale de él para reubicarlo adentro de un cajón de sastre o caja de pandora o lugar común o ciudad si se quiere

y mañana otra vez vendré a repetirles

que por fin la poesía está en su lugar…

Sobre pajonales profundos en la unión monstruosa con el hombre

en la certidumbre de su universo

en lo que solo ella dice y otros tocamos

en la nada que prevalece cuando callamos y morimos para ella

para que sea un volcán en medio de la tierra

para orogenias y conjeturas apenas con su silencio

cadáver es el mundo y no la poesía

artefacto es el ordenador y no la poesía

bendita en lo campestre y en lo náutico en la pendiente y en la cima

porque no soy un objeto

porque lo que desconozco tiene temple de acero y ramas de cerezo

porque hay identidad que es la de un hombre en blanco.

Porque hay manos que alistan un animal friolento

porque hay identidad que es la de un hombre en blanco

para ser habitado por la trama y la pirotecnia

por el amor edificado en lo aparente

por la sensación de no saber quién se es y a  quién se mira

entonces el legado de lo fragmentario y la sinrazón en espera en sala de espera

de no saberse

de no sentirse

de no tocarse

de no adentrarse

de no ser uno con nada

porque un objeto no tiene cura porque se desecha

y no es válida la esperanza

solamente todos quienes adentro quedan

adentro como en el ayuno más pobre

en la flacidez del cuerpo y de la razón

porque no soy un objeto

porque la poesía no es el catalejo sino el horizonte al que aproxima

porque al fin la poesía está en su lugar

porque tiene la identidad de un hombre en blanco…

y la longevidad de la arañas

que trepan al cielo de Berlín al techo de Manhattan al trole de Quito al faro de Guayaquil

a la misericordia de las catedrales

a las últimas cabezas de los cheyenes

muerden la arena

pudren todas las habitaciones de Buenos Aires

porque no son un objeto

porque al fin la poesía está en su lugar

y ahora llora Chate Baker y todos somos una inmensa lágrima

tan antigua como el agua.

Tan tupida como los lamentos dentro de un piano

do re fa si mi do la sol

fa mi do re la

son criaturas violentas

que no son un objeto

apenas una pedrada a la cien de los caníbales del mundo

porque al fin la poesía está en su lugar.

 

 

DIACRÓPOLIS

Hay ciudades que nos persiguen siempre,  efluvios de ciudades en las que alguien pronuncia nuestro nombre en la raíz del medio día. En un camino sobre el que suenan las campanas de una iglesia llena de forasteros, en la que tantas veces habrá rezado el olvido, la plegaria del cielo extraño, la plegaria sudamericana. Los callejones con libros desparramados  y gente/

gente/

gente

haciendo malabares, perdiendo el pulso en el semáforo eterno de ansiedades. Hay ciudades que miran siempre hacia la misma estrella para alimentar a sus lobos con luz, para amedrentar la opacidad del domingo que es tan móvil como la infancia relegada al  nunca más, allá donde sigue el espeso atuendo de los cielos compartidos, la noche que se mece con flores lejanas para la niña que nunca crece, para la niña con su flauta dulce que interpretaba la melodía del fin del mundo que no era otra cosa que la ciudad líquida al otro lado de las montañas. La ciudad del río, de la antigua piratería, de los fuertes doblegados a la orilla. Un profeta siempre emerge de la loza que se funde en lo que sería, un gran circo, un celeste ausente que viaja de ciudad en ciudad para confundirse entre vendedores ambulantes, y volver con la sombra a cuestas, con un rosario de tickets en  el morral, con la garganta seca y la piel agrietada, porque a través de ella hablarán todos los niños.

 

 

EL FUEGO DE SAN TELMO

Aquello que tan altamente se dibuja, que tiene destellos y flores amarillas

del que se desprenden todas las ruinas del tiempo, las iglesias unidas a un puño de luz,

la paz de las calles negras, la piedad de los extraños en reflejos circulares

en electricidad y corriente que se despliega por encima del mar cabrío

aquello que se entumece como un  muerto joven

que crece en el azogue de la vida

en llamas ocultas

en infiernos agoreros

si es que en el infierno hay buenos augurios y templos

aquello que se escapa de la estrella más antigua, de la línea que hacen las tres marías en la noche

y se dilata en la culebra que crece en la cabeza del navegante

donde pule el hierro en que reflejarse

el fuego oh fuego de San Telmo

el que se mira desde abajo

el que procrea nacimientos

y entraña los secretos de antiguos filibusteros

Oh Fuego de San Telmo

descarga remontada en azul, en púrpura

desde las habitaciones eléctricas de otros cielos

tú, resplandor de augurios y presagios

dame la calma hoy que las guías disparan otros senderos

hoy que la brújula tiende a ser de hielo

y norte y sur se disipan en macrocosmos

y en trinos celestiales,

Oh fuego de San Telmo, descarga las nubes sobre mi cuerpo

limpia la sal de viejas travesías

la marea es negra y áspera la cubierta de mi frente

Dios pincela con saliva el día mustio

Dios hace de grises la nave

y sobrevuela sobre el farallón sobre el que escribo

con su túnica blanca como

la costra que la madrugada hace sobre el agua.

fuego oh fuego de San Telmo

“Haced del mar nuestra patria”

 

 

DOBLEZ

Es delgado el día en que caminamos,

afuera de nuestras vidas hay expiación de un universo encantado.

Ya doblaremos el cielo para entendernos.

Somos una miga de pan en la caldera de lo infinito

Repitiéndonos constantemente en la ciega mutación de la arena.

Caemos entre las manos y nos diluimos hacia otras vidas

que habrán de esperarnos.

Josely Vianna Baptista: poemas dispersos

1

 

Hay relámpago de belleza justo cuando y donde no se da como captura. Se imprime eterno furtivo nomás al dorso de la retina, como al interior de un eco visivo. E induce al trazo transmental. Que sería la huella-corazonada de la visión. La cual ocurre poéticamente en cuanto perfume de la intuición. Adivinación por el tacto. La lírica neoarcaica de Josely Vianna Baptista (Curitiba, 1957) sigue siendo una de las pocas actuales que prueban a explorar las posibilidades intraverbales de la sinestesia.

Lleva, por la hebra sinuosa de su inscripción intocada por las creencias o la mera época, a esa fibra elemental —por sustanciosa y mucho más amplia— que es la emoción. Emoción-pulpa. Textura mixturante de diversos y contrastados sentires, en un procesar claroscuro. Infiltra la busca de un equilibrio de inestabilidades y ciclos, llegando al convivio entre lo ultrahumano y lo extrahumano. Emoción en el sentido de los misterios. Que a los modos mutables del amor incluyen.

Tales efectos de pasaje recíproco y fluido entre Natura y Cultura equivalen a una meditación silabaria. Mediante delicada operación respirante. Como quien separase cada pétalo verbalescente del cohesivo lenguaje. La atención lectora, siguiendo su incitación, se ve devuelta a fulgores aurales y reminiscencias opalinas. Porque es sensualmente que se amplía el alcance alegórico. Dimensión plural del deshechizamiento simbólico. Corporización de fuerzas fluctuantes que se prodigan por gracia de incantación.

*Reynaldo Jiménez

 

 

 

Imágenes del mundo flotante

 

 

Rivus

 

El agua mide el tiempo en reflejos vítreos. Mudez

de clepsidras, al cielorraso ascienden (como ángeles suspendidos

en una casa barroca) y en presencia de ausencias el tiempo

se distiende. Unos senos de perfil, sueño meciendo

la red, campánula curvada por el agua de las lluvias.

 

En el horizonte invisible, dobles de anamorfosis;

sombras que se insinúan, la materia mental.

 

 

Schisma

 

Cobre que refleja simetría en los ojos:

sin jarcia ni cordaje, los móviles oscilan, barcos

sin rumbo, a la deriva (desiertos), río adentro

(en el lecho cambiante), sin remo ni vela

al viento. Se deslizan en un intervalo, río afuera,

en el linde (los sueños) —superficie.

 

Nubes y agua, pénsiles, flotando en los ojos.

Reverso de mortaja, los mantos corren en álveos:

los barcos tienen velámenes.

 

 

Restis

 

Un viento anima los paños y las cortinas oscilan,

fundas de lino (sueño) áspero quebradizo; el sol pasea

por la casa (el rostro adormecido) y en veladura la luz

insinúa las cosas: trenzas blancas ante el espejo,

relojes deslustrados, cáscaras pudriéndose en jirones

curvos, vidrios que al ras del suelo reverberan, ristras.

Filamentos dorados unen lo alto y lo bajo

 

 

—horizonte invisible, abrazo en lecho blanco:

velamen de otros cuerpos en amorosa memoria.

 

 

Velum

 

Lúcido pergamino, piel argéntea, de plata

(bolsa de agua, placenta) en las raíces aéreas. La cera

y la pulidez del pétalo encubierto: brácteas

que se abren (túnica) y se desabrochan: filandras

y nervaduras en placidez salvaje —flor

y acontecimiento que se despliega en flor.

(Velámenes, en vetas, devienen el aire.)

 

Gravidez sin peso de los pecíolos en el limbo.

 

 

Fragmentos de un renga

 

El día un sol

de filamentos metálicos.

Ninguna hilacha

(pasos desolados)

o rasgadura de sol

sobre el cordón.

 

 

El fulgor quebradizo

de ocres y sienas

en el envés de tu rostro (viento

en remolino, sequedad de desierto)

sin mirar hacia atrás.

 

 

*

 

Matices, cenizas, del negro

al gris. Lumbrera en brea (Alguien

a lo largo) tu noche insomne. En el detrito

un pez pierde las escamas

—(entre el hollín) periódicos de ayer,

negrura y plata, las máculas podres—

viendo el sol sobre nubes.

(viendo el sol sobre nubes.)

 

 

Taller Renovación

 

 

Llorar con lágrimas es señal de dolor moderado;

llorar sin lágrimas es señal de mayor dolor;

y llorar con risa es señal de dolor sumo y excesivo.

    Padre Antonio Vieira

 

 

Aquí no se ven ojos que abriguen lágrimas.

Solo artificios. El fuego encendido en los tachos de

basura.

 

Aquí no se ven ojos que abriguen lágrimas.

En el charco frío, um ramillete macera sus

pétalos.

 

Aquí no se ven ojos que abriguen lágrimas.

Las cornisas ríen con el zureo de las palomas en los

umbrales.

 

Aquí no se ven ojos que abriguen lágrimas.

Solo veredas sucias. Y la pompa fúnebre de los camiones de

escombros.

 

Al ras del suelo, como un insulto,

una moneda brilla en el desagüe

bajo el capullo adormecido de un

bulto.

 

Aquí no se ven islas que abriguen náufragos.

(Pero bajo las gasas frías de la helada

saxífragas florecen entre las piedras  –como

dádivas.)

 

*Traducción por Reynaldo Jiménez