Josely Vianna Baptista: poemas dispersos

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Hay relámpago de belleza justo cuando y donde no se da como captura. Se imprime eterno furtivo nomás al dorso de la retina, como al interior de un eco visivo. E induce al trazo transmental. Que sería la huella-corazonada de la visión. La cual ocurre poéticamente en cuanto perfume de la intuición. Adivinación por el tacto. La lírica neoarcaica de Josely Vianna Baptista (Curitiba, 1957) sigue siendo una de las pocas actuales que prueban a explorar las posibilidades intraverbales de la sinestesia.

Lleva, por la hebra sinuosa de su inscripción intocada por las creencias o la mera época, a esa fibra elemental —por sustanciosa y mucho más amplia— que es la emoción. Emoción-pulpa. Textura mixturante de diversos y contrastados sentires, en un procesar claroscuro. Infiltra la busca de un equilibrio de inestabilidades y ciclos, llegando al convivio entre lo ultrahumano y lo extrahumano. Emoción en el sentido de los misterios. Que a los modos mutables del amor incluyen.

Tales efectos de pasaje recíproco y fluido entre Natura y Cultura equivalen a una meditación silabaria. Mediante delicada operación respirante. Como quien separase cada pétalo verbalescente del cohesivo lenguaje. La atención lectora, siguiendo su incitación, se ve devuelta a fulgores aurales y reminiscencias opalinas. Porque es sensualmente que se amplía el alcance alegórico. Dimensión plural del deshechizamiento simbólico. Corporización de fuerzas fluctuantes que se prodigan por gracia de incantación.

*Reynaldo Jiménez

 

 

 

Imágenes del mundo flotante

 

 

Rivus

 

El agua mide el tiempo en reflejos vítreos. Mudez

de clepsidras, al cielorraso ascienden (como ángeles suspendidos

en una casa barroca) y en presencia de ausencias el tiempo

se distiende. Unos senos de perfil, sueño meciendo

la red, campánula curvada por el agua de las lluvias.

 

En el horizonte invisible, dobles de anamorfosis;

sombras que se insinúan, la materia mental.

 

 

Schisma

 

Cobre que refleja simetría en los ojos:

sin jarcia ni cordaje, los móviles oscilan, barcos

sin rumbo, a la deriva (desiertos), río adentro

(en el lecho cambiante), sin remo ni vela

al viento. Se deslizan en un intervalo, río afuera,

en el linde (los sueños) —superficie.

 

Nubes y agua, pénsiles, flotando en los ojos.

Reverso de mortaja, los mantos corren en álveos:

los barcos tienen velámenes.

 

 

Restis

 

Un viento anima los paños y las cortinas oscilan,

fundas de lino (sueño) áspero quebradizo; el sol pasea

por la casa (el rostro adormecido) y en veladura la luz

insinúa las cosas: trenzas blancas ante el espejo,

relojes deslustrados, cáscaras pudriéndose en jirones

curvos, vidrios que al ras del suelo reverberan, ristras.

Filamentos dorados unen lo alto y lo bajo

 

 

—horizonte invisible, abrazo en lecho blanco:

velamen de otros cuerpos en amorosa memoria.

 

 

Velum

 

Lúcido pergamino, piel argéntea, de plata

(bolsa de agua, placenta) en las raíces aéreas. La cera

y la pulidez del pétalo encubierto: brácteas

que se abren (túnica) y se desabrochan: filandras

y nervaduras en placidez salvaje —flor

y acontecimiento que se despliega en flor.

(Velámenes, en vetas, devienen el aire.)

 

Gravidez sin peso de los pecíolos en el limbo.

 

 

Fragmentos de un renga

 

El día un sol

de filamentos metálicos.

Ninguna hilacha

(pasos desolados)

o rasgadura de sol

sobre el cordón.

 

 

El fulgor quebradizo

de ocres y sienas

en el envés de tu rostro (viento

en remolino, sequedad de desierto)

sin mirar hacia atrás.

 

 

*

 

Matices, cenizas, del negro

al gris. Lumbrera en brea (Alguien

a lo largo) tu noche insomne. En el detrito

un pez pierde las escamas

—(entre el hollín) periódicos de ayer,

negrura y plata, las máculas podres—

viendo el sol sobre nubes.

(viendo el sol sobre nubes.)

 

 

Taller Renovación

 

 

Llorar con lágrimas es señal de dolor moderado;

llorar sin lágrimas es señal de mayor dolor;

y llorar con risa es señal de dolor sumo y excesivo.

    Padre Antonio Vieira

 

 

Aquí no se ven ojos que abriguen lágrimas.

Solo artificios. El fuego encendido en los tachos de

basura.

 

Aquí no se ven ojos que abriguen lágrimas.

En el charco frío, um ramillete macera sus

pétalos.

 

Aquí no se ven ojos que abriguen lágrimas.

Las cornisas ríen con el zureo de las palomas en los

umbrales.

 

Aquí no se ven ojos que abriguen lágrimas.

Solo veredas sucias. Y la pompa fúnebre de los camiones de

escombros.

 

Al ras del suelo, como un insulto,

una moneda brilla en el desagüe

bajo el capullo adormecido de un

bulto.

 

Aquí no se ven islas que abriguen náufragos.

(Pero bajo las gasas frías de la helada

saxífragas florecen entre las piedras  –como

dádivas.)

 

*Traducción por Reynaldo Jiménez

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Sara Torres: aventura semántica

2

 

Ningún poeta es reductible a la antología. Por didáctica, por útil que pueda parecer, toda antología de una obra poética es una minoración perversa, algo así como las cabezas reducidas por ciertas tribus, o, en el mejor de los casos, como esos tejidos que lucen estampas deformadas después de haber encogido.

Qué decir entonces de la presente elección de sólo cuatro poemas de una obra…, en este caso, de la obra de Sara Torres (Gijón, Astruias, 1991).  Tengo que admitirlo: los cuatro poemas de Torres que propongo a los lectores de El Telégrafo son más el resultado de mi gusto personal que de la tentativa de “ilustrar” la obra de esta poeta como conjunto orgánico. En todo caso, me gusta compartir con los lectores la libertad sintáctica de estos poemas, esas frases que vienen de una lógica que a veces desorienta a la gramática, como las geometrías no euclidianas, que son las que de hecho logran aplicarse a los espacios siderales. También me gusta la libertad del sentido, la aventura semántica que Torres le impone a la palabra, y de la cual puede surgir por ejemplo ese árbol genealógico de Jesé, padre de David, cuyas ramas llegarán a José, pero también a María.

Me gusta finalmente esa casi permanente presencia del cuerpo en esta poesía que va más allá del tema “de género” sin eludir el erotismo que nos constituye como seres deseantes. Por cierto, si estos cuatro poemas dejan entrever algo de todo esto la responsabilidad será de la poeta y mi idiosincrásica “reducción” habrá valido la pena.

Alfredo Fressia

 

 

LA REINA COJA

Mira las manos de la Reina

cómo hacen sonar sus anillos

las manos la hiedra

las manos hiedra alambre

de la bellísima Reina coja

de la vibrante

de la imposible

de la bellísima Reina fea

Cómo mueve las manos

las cobras

las extremidades pilosas

de la tarántula en ese ritmo

en ese en ese ritmo

para para la Favorita

la que sedujo tal segundo ofuscada

para para siempre por elegida ese segundo

para para la Favorita la tarántula se mueve

la tarántula golpea ciega con sus patas

Quién va brazo a brazo

caderas prietas junto a  la Reina coja

tan pobre tan pobre

que regaló una caja de violetas

una pequeña caja de violetas

como un osario

como un minúsculo acertijo para el hambre

 

 

MATERIAL DE DESCARGA cestos de aceituna verde oliva
El coxis la lengua parsimoniosa y ciega de la tortuga
abriendo el tomate
Papilas de pepita roja exaltadas por el ácido y por el dulce

Las plumas se te despliegan inesperadamente
se arquea el plexo
vas a subirte de golpe en su hombro ave pesada
vas a subirte en azules y rojos sin delicadeza
sin posar una pata y luego la otra
tu aterrizaje desequilibrará el cuerpo al que llegas
ella separará las rodillas
arrugará los dedos de los pies pequeñas zarpas
Vas lenta pavo ostentoso
pavo reina con el plumón del invierno
primero se te avivó el tacto
luego clavaste los ojos
como dos bocas sin madre
y mudaste el abrigo
Ahora despierta
tu piel no tolera ausencia

 

 

El árbol de Jesé

Recostada
ella no duerme
del vientre templado le nace el árbol
y del árbol seis ramas
con seis palomas rojas
brillantes  bermejas
blancas cuando la lluvia
desliza un velo de sangre
que va flotante como campana
roja medusa atraviesa el bosque

Suspendidas donde la nada
en un hiato de la historia
en azarosa inmunidad
perduran ellas

toda la casta que fue
el vientre el árbol
y las aves

 


YO ABRO TU PECHO CON MIS DIEZ DEDOS
Yo retiro la presión de las costillas
Hasta que tus pulmones se hinchan con gozo
Aumentan en tres su volumen

El aire que incorporas te hace levitar
Sobre las sábanas
Con la obstinación del corcho
Abandonas el fondo
Te impulsas hacia la superficie

Yo insuflo más aire desde tu ombligo
No cesa esa sed
Algunas burbujas de oxígeno se forman
Desatan tu risa

Ríes voces
Rastreo la genealogía de tus cantos
Yo te pregunto
Tú contestas:
Sobre las voces nada sé que pueda explicarse

Tómalo así por cierto

Tú me recoges y me llamas junto a ti
Diriges mi barbilla e introduces tu lengua
En esta boca de labios entreabiertos
Tú hablas dentro
Tú gimoteas y cantas dentro
Tú contestas:
Sobre las voces nada sé que pueda explicarse

Tómalo así por cierto

Maggie Torres, “Cuidado: pintura fresca”

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Leer la selección de poemas que presenta aquí Clinamen de la poeta paraguaya Maggie Torres (Asunción, 1981), me llevó directo al territorio —siempre en obras— de la memoria. El pasado salpicado por un aire cotidiano a infancia: unos niños amaneciendo con legañas en los ojos frente al inicio de la programación en la televisión pública, aquel señor de ceño fruncido que nos miraba siempre fijo y de manera algo perturbadora desde el cuadro apostado en la pared. Símbolos de una época desde la mirada en construcción de un niño.

Uno se enfrenta a estos poemas, también, como el espectador que observa sigiloso el encuadre de realidad que transcurre enfrente. Las escenas que la poeta decide captar en estado aún fresco, con toques de humor algunas veces, pareciera que acaban de ocurrir; cual fotografías o instantáneas recién tomadas en un paseo entre el bullicio cotidiano en una Asunción en hora pico. Todo mezclado con la picardía de expresiones joparas (palabras del guaraní dentro de construcciones del español) que se escuchan en las calles, en el mercado, en el micro: “oikota la despelote, / jaguaicha la ñemose”, dice en uno de los poemas. Pintura fresca que nos deja la ropa manchada si nos arrimamos demasiado cerca.

Paola Gallo

Ve

En principio, la mañana era ruido blanco.

Luego, unas barras verticales dividían la bandera en tres partes. Sonaba el himno. La tela tricolor se movía por turnos, y terminaba dividiéndose en cuatro, ocho, dieciséis banderitas flameantes que invadían la pantalla entera.

Al final de la transmisión, el señor del retrato.

Con legaña y todo, parpadeábamos.

Te re-quiero, che papá

Saé loo, amor a full

Como tu auto mbareté,

mi amor no tiene freno.

Apretemos ahí adentro

hasta entrar al korapy ajeno.

Cuando su muralla reviente,

tres por tres en año nuevo,

oikota la despelote,

jaguaicha la ñemose.

Si el kunu’u arma bochinche,

jahata preso oñondive.

Reposa.

Flota sobre su reino de agua ácida.

Ya invadió todo el recipiente que lo contiene

No pienses más en tratar de tocarlo con un palito, cuchara, escarbadiente

Si se mueve, corré

Si no se mueve, te está mirando

Está planeando salir del tupper y susurrar su nombre a tu oído en plena noche

Nadie te va a creer cuando despierten

Porque es imposible que un ser tan bueno, una quinta división de los seres vivientes

Llena de gracias

Multiplicadora de sanaciones

Imposible que te ataque, aunque sea con un leve sonido.

No.

No sirve que pellizques.

Tampoco servirá que  vuelvas a gritarle

Qué lo que sos, qué lo que sos

No esperes que tu casa, tu pieza, tu colección de latitas siga siendo tuya

Hace rato ya está en tu torrente sanguíneo y quizás ya llegó a tu cabeza.

Cerrá los ojos. Pará la oreja.

Mové los labios lentamente mientras te dicta

Soy Legión

Symbiotic Culture Of Bacteria and Yeast

AKA Kombucha

Suspensión del silencio

I

ella sueña y que se ahoga en su lengua

ella sueña y que no puede detener al grifo enjaulado

sueña que escarba las paredes

y que las cárceles

y que su garganta

II

huérfana

de un paladar que es caverna

se declaró hija de una voz

saltó al vacío

se adoptó a sí misma en la niebla

III

un grito de guerra se apaga

en el momento en que

el ojo se despega del dedo