VALERIA TENTONI: derivar el silencio y sus trampas

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Intensa, narrativa, coloquial. La vida pasa frente a sus ojos y Valeria Tentoni (Argentina, 1985) derriba el silencio y sus trampas, se deja guiar por una luz que se apoya en su cabeza para darle una nueva perspectiva de las situaciones y experiencias que vive, que ve y que hace suyas y nuestras a través de su poesía, porque cada vivencia es una cicatriz que encalla en su piel, en su lengua, pero es a través de la honestidad de su palabra que podemos atisbar que el poema es también, y quizá sobre todo, un rito para la sanación personal que se escribe siempre a oscuras y a tientas.

La voz de la poeta resuena alta y cristalina, aunque se recorta en pausas acertadas para explorar en nuestros miedos más profundos, en las emociones primarias que giran a nuestro alrededor como buscando el mejor momento para golpearnos, y dejar salir toda esa incontenible aritmética del desastre y de la felicidad que sólo un poema puede contener. Y es que pequeña, pero cercana, cruza sus versos la sombra de lo que reverderce en su recuerdo hasta flamear ante nuestras pupilas en imágenes bien trabajadas sobre la hoja que no es límite sino raíz.

La poética de Tentoni se centra en la imagen y en las escenas, a veces cotidianas, a veces tan absurdamente reales, como detonantes principales de lo que como aceite hirviendo bulle bajo sus labios, en la yema de sus dedos a la espera de ser escrito. Se trata de una poesía íntima, concentrada en el detalle sin exceso, que nos desafía a ver bajos nuevos enfoques forjados en el lento observar del fluir de las cosas que luego es hilvanado con pericia por la autora hasta construir para nosotros, sus lectores, una perfecta habitación de la que ella se escinde para permitirnos descubrirla con cada verso.

Mario Pera

 

 

EL AMOR ES UN TORO MECÁNICO DEL QUE NADIE SE BAJA CON ELEGANCIA.

Una atracción de feria

abandonada,

desafiando la intemperie.

 

Todos se paran frente al toro y se dicen

Yo puedo con él. Todos, sin excepción, confían

en sus talones

y se montan a la violencia eléctrica

de su lomo. Confían todavía cuando el movimiento

se inicia,

como si una mano poderosa e invisible

echase una ficha al aparato

sin previo aviso.

El clic metálico se recorta en el sonido,

una topadora minúscula

derribando

al silencio de un empujón. Entonces todo comienza, y ya

no hay manera

de emprolijar el cuerpo, esa forma

de la que antes creíamos tener dominio y que ahora

se nos revela

como si hubiese estado esperando su turno

comiéndose las uñas

desde que le pusieron nombre.

 

Si yo fuese un ratón

preferiría

perder mi cola en la trampa

antes que mi queso.

 

Una y otra vez.

 

*

 

 ESTABA POR ESCRIBIR UN POEMA DE ODIO

pero me tiré un poco en la cama

no atendí el teléfono.

Pensé el asunto:

decía cosas que tenían que ser dichas

todos los versos que se me ocurrían me parecían brillantes

encajaban bien, se movían bien,

las palabras eran tiburones embadurnados con aceite en mi cabeza,

aparecían, una detrás de la otra, dictadas por una supernova

 

me decía sí, ahora me voy a levantar

y voy a escribir esas líneas definitivas de venganza

y bronca y dolor y repulsión y venganza

y todo va a estar bien después, el poema

va a curarme, va a quedar ahí

como una cicatriz humeante,

va a hacer por mí ese camino. Me voy a levantar y el poema

o si no es eso por lo menos levantarme.

 

Pero me quedé dormida.

 

*

 

YO ME SACO ESTO QUE TRAIGO

y te lo dejo

como dejan algunos perros

pájaros muertos en la puerta de sus dueños.

 

Con inocencia y con exceso.

 

*

 

ESTE ES MI AÑO NUEVO:

no te necesito, diciembre.

Hice todo bien,

hice todo mal.

La felicidad es una cosa muy precisa

que no hace tanto ruido como pensábamos.

Algo empieza, algo termina,

todo se hilvana con la gracia

de lo que se completa a nuestras espaldas.

Hay una foto de Pizarnik en mi cocina, ella mira las hornallas.

Me gusta echarle la culpa

de todo lo que se me quema. Le hablo,

no me importa si ella no fue la que yo ahora digo que es:

ésta es mi versión del asunto,

lo que resulta de manosear las palabras y las cosas.

 

Una vez un chico me dejó. Era escritor y me decía

que no me convenía insistir con esto.

Un tiempo después publicó un cuento

en el que hablaba de mí y decía que yo no era lo bastante hermosa.

Contaba nuestra historia, desde el principio.

Contaba, sobre todo, su rechazo.

Él no lo sabe, pero con eso me convirtió.

Ahora es personal

y siempre va a ser personal.

 

No sé por qué digo en los poemas cosas

que me arruinarían el almuerzo. Lo que no es excesivo no vive, me enseñaron,

pero no vale la pena destruir una mañana como esta

para escribir.

 

Contaron nueve planetas y no se quedaron contentos.

Se dijeron que debía haber uno más para completar el número perfecto.

Lo llamaron Antitierra, el décimo planeta ficto. Estaba justo

detrás de nosotros, por eso no podíamos verlo.

Como alguien que llega por la espalda y te tapa los ojos,

te pregunta quién soy.

Nos engañamos con paciencia, nos esmeramos.

Alguien nos falsifica y dice que lo hace por nuestro bien.

 

Las moscas insisten contra el vidrio porque no tienen la culpa

de que nosotros hayamos endurecido lo invisible.

 

Un día vas a hacer una marca en la cocina con aceite hirviendo.

Yo voy a estar ahí, mirándote rescatar la comida.

Yo voy a estar ahí, donde estuve también antes pero no.

Estas son mis biromes secas, todo lo que tenían para decir.

Todos esos decimales que aparecen

detrás de la coma. La base aritmética

de la mentira.

 

Cuando empecé esto estaba contenta,

ahora también

pero no:

el corazón es un animal que habita otro animal.

 

El problema es que siempre contamos las cosas

con los dedos de las manos.

 

Hice todo bien, hice todo mal.

 

Ahora solamente quiero

callarme la boca

lo mejor posible.

 

De Antitierra

(Libros del Pez Espiral, Santiago, Chile)

 

*

La que moría de sarna en una novela que leí de chica

sigue muerta en el mismo capítulo,

en el libro                    en el estante

de la habitación que ya no habito y ni siquiera

reconocería si entrase

con la luz apagada.

 

*

Lo que me dijiste acerca de las mariposas

y sus catorce aleteos por cada quince.

 

Y que de esa matemática trunca

venía la danza,

ribetes en el aire.

 

Y que entonces

me estaba permitido

tropezar

también a mí.

 

*

En la sombra total

de la habitación que era tuya,

ahora mismo, por ejemplo,

que debe estar cerrada con llave

y en perfecta noche,

se guarda la que fue tu sombra

entre toda la sombra.

De Hologramas (inédito)

 

Cartografía

 

La madre es los bordes del hijo.

Afuera hay un país limítrofe.

 

El hijo conquista la frontera

y reconoce el mundo

a fuerza de batallar

contra el cuerpo

contra la patria que es

su propia madre.

 

El primer llanto no es otra cosa

que un grito de guerra.

 

*

Tuerta

 

La abuela arranca el tallo

aprieta fuerte lo primero

que sale de la tierra

y estira

el mundo hacia arriba

 

le saca el yuyo, lo feo

y es fuerte la abuela

es un poco

toro

así, arrancando el yuyo

y deja el cantero

tan hermosamente verde

tan absurdo de verde, el cantero

 

lo deja

como se dejan sobre la mesa del comedor

las cartas ajenas.

 

*

Diosmío

 

Yo veo al pájaro incandescente cruzar el álgebra

lo veo ir

como una flecha luminosa cruzando el número

yo veo al pájaro, levitando, entre los rieles del número

el pájaro que es una cifra entre toda la nada

el pájaro que gorjea, y se parece un poco a la piedad.

Yo veo al pájaro y su constelación de sombras

ir y venir entre los tendales, ir y venir, meciéndose

al aire yerto de la mañana dejándose cruzar por el pájaro

al aire que es también un hijo pequeño y distante.

Yo veo al pájaro, diosmío, también lo veo

y nadie duerme al cuento cuando debería

y menos todavía el pájaro que cruza y se trenza en el cableado y después

sale revoloteando como un monstruo marino

entre la miel blanca del cielo y las nubes cmo mantas

en las que se acuna el hijo

entre las que el hijo mama

y el pájaro cruza los ojos del hijo

que piensa en los ojos del pájaro

que de diminutos y fusilados resplandecen

como piedras amarillas

y lo ciegan

hasta que la sombra y la noche y el sueño

son una sola aureola seca.

De Ajuar (Editorial Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2011)

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