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Fredy Yezzed: locura y orfandad como designio

Fredy Yezzed -

 

En los poemas de Fredy Yezzed (Bogotá, 1979) puede verse la doble constante de la locura y la orfandad derramarse como una obsesión o como un designio. La prosa poética de La sal de la locura (2017) trabaja una voz y un ritmo enteramente distintos al pulso aforístico (en el que por momentos el libro confía excesivamente, en detrimento de sí mismo) de El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein (2012). Sin embargo, puede escucharse entre ambos volúmenes un mismo fondo que tensiona la escritura, una forma de intemperie que viene de dentro, de la herida que llevamos adondequiera que vayamos:

5.17     Orfandad, diosa del mal.

5.171   Mi orfandad es rotunda: estoy yo. Pero lo que me duele es él, la imagen mía, lejos de mí.

5.174   Dios, dime que estabas con ella, porque conmigo no estabas.

5.1741 Sólo cuando mueren los padres, se inicia el verdadero diálogo con la muerte.

5.175   Soy un huérfano, pero ¿de qué alma?

 

En La sal de la locura leemos:

SI HUBIESE TENIDO PADRE, le hubiese rogado que me llevase a conocer el mar. Pero, tal vez, sea él parte del mar. Pero, tal vez, haya volado en su último segundo al mar. La masa informe tiene la sal de su cuerpo.

 

Esta forma de soledad, la soledad constitutiva que nos hace huérfanos antes de la muerte de nuestros padres, la orfandad del mundo que se abre como un mar en su inmensa extrañeza, vuelve constantemente sobre sí misma en la poesía de Yezzed figurando un límite o una agonía. Pero está siempre la palabra para extender ese instante interminable: la palabra que no llega a nombrar porque la verdad es innombrable y, por eso mismo, invulnerable: “2.0272           Es tan difícil llegar a la Nada. Es tan atlánticamente imposible dejar de nombrarse.” El nombre, el lenguaje, salva al yo de perderse, pero también, al mismo tiempo, de encontrar la pacífica quietud del sinsentido.

En la poesía de Yezzed ser loco es ser, y lo que todo loco desea es ver la realización de una idea en movimiento, fuera de sí, ajena al concepto: que algo exista fuera del sentido impuesto de la lengua sobre las cosas. Los aforismos wittgensteinianos y los diarios poéticos apócrifos de un loco patagónico persiguen, por vías distintas, ese mismo fin inalcanzable, esa utopía psicótica que es un mundo sin palabras, la libertad total del connatus animal, ajeno a todo salvo al instante presente, irrepetible, en que la vida se nos entrega.

Daniela Alcívar Bellolio

 

 

 

El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein

(Fragmentos)

1

1.1       La realidad está limitada por la totalidad de la poesía. La poesía no tiene límites.

1.1       La poesía es un jardín: un jardín que habla de otros jardines.

1.11     Poesía, en una palabra, señor entrevistador, es requiem.

1.12     Pero la mejor definición de poesía es la siguiente proposición: Poesía no es ni lo uno ni lo otro; quizá tampoco lo tercero.

1.13     El lenguaje es la flor, dijo Mallarmé. Si esto es así, entonces, la poesía es la floración: encantamiento de la flor.

1.2       Under the Winter: quizá su madriguera más cálida, más productiva.

1.21     El único enemigo de la poesía es el poeta: allí, es él contra él mismo.

1.22     & ese silencio… (                ) Es el lenguaje que reclama su propia poesía.

1.3       El mundo siempre ha sido una colección de murallas, & el lenguaje no es más que una de esas inquisiciones del cielo. La poesía solo comete la osadía de saltarla.

1.31     La poesía es como el almendro: sus flores son perfumadas y sus frutos amargos.

1.32     Anudar una palabra a otra, con la esperanza de unir un hombre a otro.

1.33     La poesía que no extiende los brazos es una poesía mutilada.

1.4       Lo meta-poético son las arañas que se comen a su madre

 

2

2.031   La blasfemia, el insulto: agrietan el aire.

20232  El desdentado está más cerca de la Libertad. No le pone obstáculos a lo que viene de adentro.

2.0233 Toda la mudez inexplicable es el recuerdo: el sintagma que se ha quedado anclado a la sal del pasado.

2.027   El pensar es numérico. Los números: imaginación enjaulada.

2.0271 Todos somos contadores de sí-la-bas. El que quiera el oficio del aire: tiene que contar sílabas; debe saber más del número que del sonido.

2.0272 Es tan difícil llegar a la Nada. Es tan  atlánticamente imposible dejar de nombrarse.

2.0277 Pero aún más difícil es decir el sueño: esa llanura de carneros misteriosos.

2.0279 ¿& qué hace tanta palabra, si no es luchar por el hombre, reverdecer al hombre ?

2.02791Porque uno tiene fe en las palabras, por eso es que               creemos entendernos.

2.028   Cierro la boca: y me quedo solo.

 

3

3.2       Te veo, pero no sé decirte.

3.201   Alrededor de las hojas, a punto de quebrarse, vibraba tu voz.

3.202   Ahora que sé que estás del otro lado del sueño, temo soñar.

3.203   La libélula me visitaba con frecuencia & nunca trajo la visita.

3.2031 Soy la soledad a fondo. Soy la soledad a muerte.

3.2032 La poesía, como un arma, me defendía de mí.

3.2033 ¿Por qué lees este verso, en lugar de correr a salvarla?

3.204   No hay acción más trascendental que la del semen       diluyéndose dentro de las palabras “entiérrate”, “vive”; en lo que se entiende cuando se dice “ser”, “estar aquí”.

3.2041 Desnudé una mujer. Entré en una mujer. Revolqué en todos los rincones. Te busqué sin desear hallarte.

3.2042 “Hoy ha desaparecido fulano de tal”, sueño que lees en el              periódico, nada más como venganza, para ver si sufres lo              que sufro, apareciendo & desapareciendo.

3.205   En un momento de desesperación, le rogué que me escribiera una carta. Me han llegado 3. No he sido capaz de rasgar el primer sobre. Toda ella era un vaso de agua temblando en mi sed.

3.2051 Escribe cartas el que no desea envenenarse consigo mismo.

3.207   ¿Cuántas mujeres caben en un hombre?

3.2071 ¡No digas tonterías!

 

  4

4.0153 desnudo es la palabra más triste.

4.0155 Cuando no estoy buscándote, no danzo, no soy.

4.0157 Cierro los ojos & allí estás abriéndome los ojos.

4.016   Mi país camina atravesando el desierto: sin guía, con un pan mojado de sangre, sin tu Palabra.

4.0161 Señor, te diré la verdad: te hemos creado a nuestra imagen y semejanza, [no a la tuya], como a la radio, la guerra y la escritura.

4.017   Señor, sal de mí, invade mi oscuridad.

4.018   Si hay una proposición que exprese con precisión lo que pienso, es esta: Bueno es lo que Dios ordena.

4.019   Ha llegado Dios en el tren de las 5:15.

 

5

5.17     Orfandad, diosa del mal.

5.171   Mi orfandad es rotunda: estoy yo. Pero lo que me duele es él, la imagen mía, lejos de mí.

5.174   Dios, dime que estabas con ella, porque conmigo no estabas.

5.1741 Sólo cuando mueren los padres, se inicia el verdadero diálogo con la muerte.

5.175   Soy un huérfano, pero ¿de qué alma?

5.1751 La limitada noche del hambre, no encuentro otras palabras para nombrarte.

5.176   Vengo de morir. Vengo de nacer. El punto medio es una criatura sentada en el quicio de su puerta con un perro.

5.177   & te recuerdo, madre, como cuando la única luz era tu sombra.

5.1771 El cordón umbilical también es una cadena.

5.1772 ¿Si diseccionamos la palabra vientre encontraremos siempre la palabra centro?

5.1798 La orfandad es una noche indescifrable, donde un hombre enciende un fósforo.

 

6

6.5       Sólo vine a ver el jardín, leo en el famoso libro del diácono Charles Lutwidge Dodgson.

6.51     Los ancianos de Noruega sólo tienen dos sueños: desayunar en la cama con la muerte & no dejar morir las flores.

6.512   Las flores de Alexander no saben de las estaciones, no han leído literatura de invierno & les parece de mal gusto la poesía que habla de rosas. Las flores de Alexander sólo saben de la pobreza, del milagro de vivir, de los ojos del gato sobre la mariposa.

6.513   El cisne negro de cola blanca, que hace equilibrio con una pata, está perturbado: no sabe si es cisne o flor, las miradas de la gente lo tienen confundido.

6.514   Le susurro al cactus que no esté lejos, que no le rasgue los vestidos al viento, que por dentro un largo manantial le corre.

6.515   La sombra de un vikingo muerto hace mil años. El musgo abrazado a la roca.

6.516   Viéndolo de escorzo: el seco árbol de cedro parece un desesperado brazo con sus dedos en actitud suplicante. Tal vez desea la frente de la estudiante, tal vez ruega la mirada del cielo.

6.517   Lo que el dibujante de flores no sabe, es que la azucena blanca también lo está retratando.

 

7

7          De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca.

 

 

(Ediciones Del Dock, Buenos Aires, 2012)

 

 

 

La sal de la locura

PRÓLOGO O PALABRAS DESDE LA CORDURA

El 11 de mayo del 2005 ingresé a Urgencias del Hospital Neuropsiquiátrico J. T. Borda de Buenos Aires. El primer dictamen fue que sufría de una alteración nerviosa y un grado alto de delirio con fuerte propensión a la violencia. Echaba saliva por la boca, gritaba obscenidades y me golpeaba contra las paredes.

Bastará decir que pasé irrecuperables años en ese lugar, saltando de psiquiatra en psiquiatra, con fuertes medicaciones que me mantenían dopado todo el día y hasta periodos de total ensimismamiento amarrado a una camilla o arrojado en un rincón con una camisa de fuerza.

Si hay algo difícil en la locura es salir ileso de ella. En marzo del año antepasado ingresó una psicóloga a hacer sus prácticas, la Dra. Dalzotto. Ella fue la primera que me sugirió escribir los “monólogos blancos”, como yo solía llamar a esas voces en mi mente. Me rehusé de forma tajante. Pasaron meses de terapia con ella, hasta que una vez me mostró un conjunto de hojas impresas tituladas “La sal de la locura”. Las miré con temor. Me confesó que me había grabado durante nuestras cortas sesiones y que en sus horas de descanso transcribió lo que le parecía más coherente. Mi primera reacción fue de ira y decepción. Luego abandoné la terapia por petición personal.

Pasaron varias estaciones hasta que una mañana, en mi habitación, indescriptiblemente, me vi, me sentí, me recordé. Leí una y otra vez los textos. Avergonzado, solicité de nuevo la cooperación de la Sta. Dalzotto, quien asistía a un taller de escritura con un reconocido poeta. Fue a ella a quien dicté la segunda parte de este libro: de memoria, sin vacilar en una palabra, en un sentimiento. Seiscientos ochenta y cinco poemas —creo que los puedo llamar así— escribimos en casi dos años. La selección de los textos que han sido suprimidos corrió por cuenta del poeta, a quien la Dra. Dalzotto pidió ayuda. Gracias al entusiasmo de él es que la Dra. Dalzotto ha impreso y enviado este legajo de poemas al Premio Macedonio Fernández.

Diré, finalmente, que si algo me ha ayudado a sobrevivir ha sido el acto humano y desesperado de salvarme; no la poesía, aunque el deseo de poner en orden los días y las cosas sea un acto poético.

Ahora, gracias al Servicio Social del hospital trabajo como mecánico de barcos, vivo en la Provincia de Tierra del Fuego y miro el mar tratando de escribir el sueño de un hombre normal.

Dedico a la Dra. Dalzotto este libro, que si tiene valor estético es por la ayuda de su mano, que si tiene valor espiritual es por la sal que extirpó de mi locura.

 

Ariel Müller

Agosto de 2010, Ushuaia, Argentina

 

 

HAY UN TERRIBLE ABISMO ENTRE PALABRA Y PALABRA, cuyo fondo es lo que no puedo nombrar. Ellas mienten como las sirvientas que ocultan el vaso quebrado del día. Ellas ocultan por ese miedo a desnudarse, a mostrarse en público con el rostro que no tienen. Las palabras trafican con el desencanto, me alejan del jardín exacto, de lo que aún no ha naufragado. Las palabras me vendan los ojos, me tientan a caminar en la oscuridad, me empujan por las escaleras. Creemos en ellas porque sólo entendemos el pequeño ensueño que arrojan de sus puños. Caen como un polvo en la noche. Suenan como un cuerpo desnudo contra el piso. La impotencia de inventar una palabra que me nombre. La felicidad está en lo que nunca dirán. Las palabras: sogas hechas a la medida de nadie, cordones que no alcanzan a atar, agua que no sacia. Ni la tortura ni la espera paciente ni el caso omiso las conmueve. Quisiera saber toda la sangre que corre por la palabra alma. Quisiera, por un instante, asomar la punta de la nariz al jardín de la palabra noche. Quisiera por un milagro y, entonces, decir de este dolor la verdad.

 

 

VOY POR EL MUNDO CON UN AGUJERO DE BALA en el pecho. El aire me atraviesa de frío. Los niños juegan a asomarse de un lado y otro. Por allí, la única mujer se me fugó y la única orquídea que sembré no quiso echar raíces.

Voy con esa música de violín perforada. Con ese delirio de insomnio.

Voy caminado por las calles con un agujero de bala en el pecho. Represento muy bien mi papel de muerto. La gente no se asombra de verme malherido y distante. Los hombres meten su dedo índice comprobando que no es un engaño. Creen meter el dedo en un sueño. Y la pérdida es que despierto y la herida sigue sangrando.

Es un sueño que me sostiene de los hilos del mundo.

Es un agujero de bala donde me cabe todo el mundo.

 

 

ES CLARO QUE DIOS SE ESCAPÓ DE MI CRÁNEO. Que se fue dejando una estela de sangre. Una gotita que un gorrión pisa y esparce sobre el piso blanco.

Escuchaba yo una llanura de carneros, los oía arrancar con sus quijadas las raíces. Ese ruido cuando arrancamos la hierba, ese mismo ruidito cuando arrancamos una rosa como un cabello.

Tal vez quise decir que escuchaba voces. Un susurro inesperado al cruzar la calle. Volteo y miro alrededor y no hay nadie, pero alguien que no está me mira desde la esquina. Solo. Inquietante.

 

Fue el viento, me digo.

Fue sólo el viento, me repito.

 

 

SIEMPRE QUE ESTOY SOLO SE ME OCURRE UN PERSONAJE. Es la misma escena desde hace unos meses. En realidad no sé si la he leído en alguna parte o la he imaginado. Hasta ahora no entiendo por qué no cambian los detalles. Se me ocurre que hay un hombre viejo encerrado en un cuarto. A través de una puerta pequeña le pasan los platos con comida. Los traga moderadamente. Masca un muslo de pollo y le parecen bellos los cantos de los gorriones. Luego pasa a través de la misma puerta el plato desocupado.

El mismo anciano con su cabello blanco en desorden se sienta frente a un piano. Oprime las teclas como si de verdad supiese interpretar el instrumento. Cierra los ojos como despojado por la música. Ladea la cabeza de un lado a otro como si viajara en la balsa de las notas. Pero ocurre que dentro del piano las cuerdas están cortadas con tijeras. Del piano no sale ningún sonido. Es en ese instante que el hombre se voltea, me mira por primera vez y me dice: “¿Escucha el silencio?”

Es complejo, muy raro, porque yo escucho la más bella sinfonía.

 

 

DEBE RETORNAR SIEMPRE LA LUZ DE MAYO? ¿Ese cielo metálico que en las horas de la tarde te confunde con la paz? Es extraño: estoy solo, olvidado y hecho mierda; y, aún así, siento ese gusano de la felicidad comiéndome la carne del rostro.

Frente a la ventana. Frente al parque. Frente a la luz.

 

 

SI HUBIESE TENIDO PADRE, le hubiese rogado que me llevase a conocer el mar. Pero, tal vez, sea él parte del mar. Pero, tal vez, haya volado en su último segundo al mar. La masa informe tiene la sal de su cuerpo. El mar abrió su boca larga para tragarlo y guardarlo en sus tripas. Esa ola infinita debe extender sus cabellos en otra memoria; sus ojos deben ver otras músicas. Mi madre me contó la historia con una voz delgada. Habló de unos vuelos siniestros. Soy un hijo más del desaparecido.

No tengo nada más qué decirle, doctora.

Creo que usted pierde el tiempo conmigo.

 

 

POR ACCIDENTE HE PASADO HOY la palma de mi mano por la cabeza. La he palpado minuciosamente ahogado en un silencio perplejo. Me he dado cuenta de que estaba rapado por completo. He deslizado con suavidad mi mano por la frente, la nariz, la quijada. Me mojaron la angustia y los nervios como la ola contra un acantilado: había olvidado cómo era mi rostro.

Caminé de un lugar a otro con desesperación. Me busqué en el reflejo de una ventana sucia, en el revés de una cuchara, en el brillo del marco de una puerta metálica. Pero no me pude ver. Indescriptiblemente me carcomió la tristeza. Lloré acurrucado en un rincón. No comprendí por qué no hay espejos en este lugar.

Digo palabras falsas con la cabeza clavada en mi pecho y mis dedos entrelazados en la nuca: adentro soy yo y mi propia imagen. Adentro está mi espejo. Pero mi espejo no tiene reflejo. Soy un hombre sin rostro.

 

 

HAY UN HOMBRE EN EL JARDÍN al que he llamado El perplejo de las lilas. Desde la madrugada se arrastra con su bata blanca como una rata enferma. Camina por las orillas de las paredes con un afán asustadizo. Cuando lo interrumpen en su camino se exalta, se lleva las manos a la cabeza y gruñe de una forma maligna. Baja las escaleras apoyado como un niño parapléjico. Desde muy cerca se puede apreciar una insólita mueca de malestar que se va tornando, poco a poco, mientras se acerca a las lilas, en una risita mongólica.

Frente a las lilas lo invade la infección de la felicidad. Brinca y levanta los brazos de una manera grotesca. Luego cae extenuado como la tristeza del plomo. Acerca su nariz a cada uno de los racimos de lilas. Las aspira como llenando sus pulmones con milagros. Entonces la luz las roza con su lengua y, una a una, las lilas van abriendo sus párpados. En sus alucinaciones o en las mías vemos una especie de insecto que quiso ser hada abrirse o aletear. El hombre es sacudido a ramalazos una y otra vez por la belleza. Por el movimiento insólito de la tierra. Por las pruebas de existencia que Dios nos revela ante nuestro asombro.

Nadie sabe cómo se llama aquel hombre. Yo lo miro desde lejos y me digo: El perplejo de las lilas.

 

 

NUNCA ME HE IDO DEL SUR. De sus acontecimientos invisibles. Siempre he sido una migración al fondo de sí mismo. No moverme ha sido una travesía constante. Y morir muchas veces, seguidamente, ha sido una tarea simple.

Las muletas las llevo puestas por dentro. Las maletas siempre estuvieron descosidas. El salto más alto fue el de la ebriedad del tiempo. Y el sueño más importante no ser despedido de donde siempre.

Un trompo que gira al revés. Un destornillador obsoleto. Una veleta que señala el cielo.

Me quedo anclado en esto de ver la luz de los pájaros.

Así es este malestar del Sur.

 

 

HA NEVADO SOBRE LA CIUDAD REPENTINAMENTE. Los coágulos de nieve se han colado por las tejas rotas y han calado en el corazón de cada interno. Todos han salido con una calma ancestral a ver esa magia de la luz petrificada. En sus rostros se trazó una sonrisa que recordó la comida fresca, el agua limpia, el aire puro. Como tocados por una voz celestial iban saliendo de sus habitaciones arrastrando la suela de los zapatos. Pronto atestaron los pasillos como detrás de un perfume e invadieron el patio mirando al cielo con la boca abierta. Extendían los brazos como dejando posar libélulas blancas en sus huesos. Jugaban a atrapar el algodón con la boca. Todo lo malo, si lo hubo, allí murió. Un copo se enredaba en el cabello de los ancianos, otro se deslizaba por el pecho de las mujeres, uno más huía como un ratoncillo entre los pies. Esa caricia suave. Esa herida tierna. Esa música que es más bella que el silencio.

Un regalo hermosísimo.

Dios al fin habla y dice.

 

 

¿TE HA PASADO ALGUNA VEZ QUE ESTÁS SOLO en alguna banca del parque y de repente ves sobre la palma de tu mano una hormiga que camina? Deprisa, de un lado para otro, entre las estrías, oculta en el cuenco. La observas como diciéndole: “Por allí no, tonta”. El animal se detiene en la mitad del mapa, mueve sus antenitas y prueba el sabor de la sal de tus dedos. Pero resulta también que de sus diminutas cosquillas sale una música que te taladra por allá adentro el hombre insignificante que eres. Canción de psicosis. Una tecla de máquina larga y monótona, siempre la misma, y de fondo el millar de patas de la hormiga tocando ese nervio como una aguja. “Perdida, estás perdida”, le susurras, y le soplas indicándole el camino. Pero ella insiste en acompañarte, en su grandísima existencia te habla del cascabel de las hojas, de la larga travesía al fruto de un álamo; de aquella vez en la que casi muere ahogada en una gota de agua. Se mueve de un lado a otro en el laberinto de tu mano, sutilmente te enseña los recuerdos que se te han dibujado sobre ella. Entonces le confiesas que esa arruga profunda te la inventó una mujer en la que confiaste, que el millar de avenidas que se cruzan desde tus uñas a las falanges son esta ciudad de cosas invisibles, que aquella cicatriz es el recuerdo de las estaciones. La hormiga traza en su hilo invisible el rostro de alguien conocido, de alguien al que crees recordar pero no recuerdas; tienes su nombre en la punta de la lengua y aún así es difuso. Nunca te enteras de que era tu rostro. Pasa imperceptible todo, sólo queda grabado en el agua clara de tus pensamientos esa mañana fría. Te llevas eso y mucho más a los túneles. Vas por los pasillos. A la hormiga le has dado una segunda oportunidad sobre la corteza de un tronco. En el fondo también deseas una segunda oportunidad.

¿Te ha pasado alguna vez que para enfrentar este vacío comienzas a hablar con una hormiga en la mitad de la nada?

 

 

¿QUIÉN ASEGURA QUE LA LOCURA NO ES UN INTENTO más de salir de la casa hundida? ¿Algo que está entre el hombre y el ser humano? Una ventana dentro de nuestra ventana. Algo que huye de nuestra costumbre de llamar el fuego, de humillar un árbol, de defecar sobre un ramo de niños.

¿Quién asegura que la locura no es ese deseo de vivir en un campo de girasoles, de abonar las plantas, de sentir correr agua limpia dentro del jarrón del alma? Quién negaría que la locura no es esa catástrofe tectónica del rozarse de dos células como dos rosas a las cuales les lleva tiempo acostumbrarse al olor del otoño, que deben dar el atlántico salto de una millonésima de milímetro más, que tienen en su sangre toda la responsabilidad de salvarnos. Y aún más: que no desean salvarse si no nos salvamos todos.

¿Acaso no se han dado cuenta? Los dioses no existen, pero estamos juntos. Somos dios, la noche, la esperanza.

 

 

 

 

Fredy Yezzed. Bogotá, Colombia, 1979. Escritor, poeta, activista de Derechos Humanos y docente universitario. Después de un viaje de seis meses por Suramérica en 2008, se radicó en Buenos Aires, donde estudia el género del poema en prosa argentino. Tiene publicado los libros de poesía: “La sal de la locura”, (Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández, Buenos Aires, 2010) y “El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein” (Ediciones Del Dock, Buenos Aires, 2012). Como investigador literario escribió los estudios “Párrafos de aire: Primera antología del poema en prosa colombiano” (Editorial de la Universidad de Antioquia, Medellín, 2010) y “La risa del ahorcado: antología poética de Henry Luque Muñoz” (Editorial Universidad Javeriana, Bogotá, 2015). Por su tercer libro, “Carta de las mujeres de este país”, recibió la Mención de Poesía en el Premio Literario Casa de las Américas 2017.

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